La claridad de la oscuridad

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Miró los pies que quedaban al descubierto entre las sábanas y negó con la cabeza. Daba igual a quién perteneciesen, era indiferente si se trataba de unos ojos azules, verdes o tan oscuros como la noche más cerrada.

Buscó un mechero entre la maraña de objetos de su bolso y recordó que se lo había prestado a esa extraña en el baño, aquella con la que conversó con toda la naturalidad del mundo. Habían compartido risas y algunas penas. Se despidieron en las escaleras con un guiño de ojos.

Abrió la puerta de la habitación intentando hacer el mínimo ruido para no despertar al dueño de los pies y entró al comedor con la esperanza de que sobre la mesa hubiese algún mechero. Sí, entre los cascos de cerveza, las copas de vino, la tarjeta de crédito y el billete de diez euros enrollado, había uno azul. Se encendió por fin un cigarro y se dejó caer sobre el sofá.

El teléfono emitió un pitido: batería al límite. “Ya somos dos”, pensó mientras recordaba cómo había bailado la noche anterior con dos tipos a los que invitó a varios chupitos. Había disfrutado de sus carantoñas, de sus acercamientos velados, de sus lenguas calientes recorriendo su cuello.

Sintió una pequeña molestia en el muslo cuando cambió de postura y se levantó la camisa: un hematoma de tonos rojizos y morados decoraba su piel. Sonrió recordando el momento preciso en el que fue provocado, entre jadeos y susurros al oído.

Y sin embargo, mientras recogía del suelo un sujetador, un vestido y todas sus demás cosas, no pudo evitar que una lágrima se escapase furtiva rodando por su mejilla.

Maldijo en silencio a su cerebro por tener la mala costumbre de ser tan realista, tan verdadero, tan consciente de la verdad. Le encantaría poder apagarlo de vez en cuando, le encantaría tener la capacidad de sumirse en una vida de fantasía, como hace la mayoría de la gente. Quería convencerse de lo bella que es la vida, con todo su amor, su romanticismo, con amistades verdaderas, de esas que no fallan.

Volvió a negar con la cabeza y ella misma se dijo que ese gesto había pasado a ser demasiado recurrente. Quería dejar de ser la mujer valiente, la que puede con todo, la que hace frente a los problemas con una sonrisa, la que arrasa como un tornado por donde pasa, la que no tiene pelos en la lengua, la que analiza y sopesa a todo aquel que se cruza en su vida para intentar comprender sus acciones, sin juzgar, sin coartar.

Se restregó los ojos con el dorso de la mano dejando un manchurrón negro en él y salió de la casa sin despedirse de los pies que seguían durmiendo.

6 comentarios

  1. El día después de Waterloo un enjambre de personas recorría aquellos campos sembrados de cadáveres jóvenes para arrancarles sus jóvenes y cuidados dientes. Durante años las dentaduras postizas de media Europa se nutrieron de todos los pequeños botines de marfil que dejó ese momento histórico. Waterloo sembró en la posteridad un montón de sonrisas perfectas.

    Ya ves, los escenarios de las batallas son tan sórdidos como ese billete enrollado y el mechero que nunca apareció. Hay historias que los vuelven epicos para excitar mentes ávidas de emociones, en cambio hay otras que taladran la verdad para mostrarla desnuda, dolorosa y perfectamenta humana.

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  2. Amiga: dejame que te invite a esto: https://wp.me/paUaeU-GY

    Si no te va el enlace, busca Vadereto aquí en WordPress.

    Es lo único que me ha hecho escribir en los últimos meses (desde que alguien que yo me se me dejó sin palabras en 50 emociones).

    Es un buen sitio, aunque el dueño no invite a copas. (Di que vas de mi parte, que igual se deja caer…).

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    1. Muchas gracias, Isra
      Tomo nota y acepto la invitación. De hecho, en alguna ocasión participé en este reto por lo que conocí al organizador (aunque es probable que no me recuerde, tengo unas cuantas arrugas más)

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      1. Te va a gustar. Pocos pero bien avenidos. Y me da la impresión de que te hace falta un poco de motivación. Este mundillo es un erial, a veces cuesta darse cuenta de que merece la pena escribir mucho para pocos. Tu vales mucho, creo en ti pero poco te puedo ayudar… más que empujarte de vez en cuando.

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      2. Sí, me falta motivación, pero una específica. Me da la sensación de que un halo triste envuelve cada puñetero párrafo que escribo. Necesito recuperar ese punto ácido y gamberro.

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