Cuarenta y cinco minutos

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Es curiosa la capacidad del ser humano para olvidar el pasado y sus relaciones sin casi darse cuenta. Me resulta interesante el talento que poseemos para centrarnos en el día día, en las personas que están a nuestro alrededor en un preciso momento, en el “ahora”.

Sin embargo, lo cierto es que nuestra existencia, nuestra presencia en la línea de la vida, influye en muchos otros caminos. Senderos invisibles que se entrecruzan, estrechan, se cortan…

Soy despistada por naturaleza, suelo ir a la mía y, a ojos externos, puedo parecer antipática. Hay veces que ni aunque me choque con alguien a quien conozco, soy capaz de reconocerlo.

Sin embargo, hoy he decidido prescindir del coche para hacer unos recados, y he sentido una sensación extraña. Quizá hoy, para variar, estoy más escudriñadora o avispada. O, tal vez, solo ha sido casualidad. El caso es que en un recorrido de tan solo cuarenta y cinco minutos he coincidido con vidas conocidas. Ha sido como desandar un largo trecho y ser consciente de que en cada uno de nosotros hay historia.

Me he topado con un familiar muy cercano al que por broncas y malentendidos hacía mucho que no veía. Hemos saldado el encuentro con un parco y reticente “hola”.

He visto cruzar la calle a un conocido de la familia, alguien que perdió a un hijo y que por lo poco que sé, juega con drogas. Me he planteado su vida después de la tragedia. ¿Es esa la única salvación que puede encontrarse ante tal pérdida? ¿Solo ha sido una excusa? ¿Es de cobardes o de valientes?

He saludado con un gesto de cabeza a una mujer con la que compartí una etapa de la infancia de mi hijo y que, el tiempo, ha vuelto a colocar en mi camino en la misma posición. Es curioso.

He estado en la cola del supermercado detrás de un chico, bueno, un hombre ya, con el que compartí aula y recreos. Allí estaba, riñiendo a su hijo y amenazándole con dejarle sin zumo si no dejaba de dar patadas al mostrador de la cajera. ¿Quién hubiese pensado que ese joven iba a formar una familia?

En el semáforo antes de llegar a casa, he visto pasar a la amante de mi abuelo. Sigue vistiendo como la primera vez que la vi. Maquillada y seria ha cruzado el paso de peatones sobre sus tacones, desafiando el paso de los años.

He pasado frente al antiguo local lúdico que regentaban mis abuelos y casi he podido sentir el olor a caucho quemado en la calle, trasportándome a la mañana en que amaneció el coche del yayo quemado. Antiguas rencillas que nunca acabé de entender…

Han sido cuarenta y cinco minutos raros.

 

3 comentarios

  1. Un buen paseo puede dar mucho de sí. No entiendo a la gente que va por la vida aislada con sus auriculares o absorbida por el teléfono móvil. A mi me encanta observar, relacionarme, hablo hasta con el surtidor de gasolina que me da las gracias… Estamos rodeados de gente, de acontecimientos que no por cotidianos dejan de ser interesantes. Rodeados de historias, como bien has escrito, que muchas veces merecen la pena conocer, o imaginar.
    La jodida tecnología de este mundo apresurado nos está robando la curiosidad.

    Le gusta a 2 personas

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