Los fantasmas del pasado limpiarán tu alma

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—La abuela ha muerto.

Esa fue la única frase que dijo su madre después de veinte años sin hablarse. Esas cuatro palabras fueron suficientes para que Josefa, la que ahora se hacía llamar Jazmine, tomase el primer vuelo hacia su pueblo natal, el que abandonó con tan solo dieciséis años en busca de un futuro más prometedor que el que podía conseguir si se quedaba a cuidar del ganado con sus padres.

No le importó abrir la pequeña caja metálica donde, en vez de galletas como anunciaba la imagen de la tapa, guardaba sus pequeños ahorros. Ganaba lo justo como camarera en el local de alterne de Ingrid así que, el montante no era gran cosa.

—Niñita mía, no te vayas —le suplicó su abuela la misma noche que planeaba abandonar el hogar familiar.

La abuela Manuela siempre tuvo una intuición asombrosa y cuando, un día de verano, Josefa le preguntó si era bruja, ella, con una sonrisa, se limitó a explicar que solo observaba.

—No es suficiente con mirar, niñita. Hay que observar…

¡Cuanta razón tenías, abuela!, pensó Josefa recordando aquella conversación. Salió a hurtadillas a medianoche, intentando que Mirlo, su perro, no ladrase cuando la viese partir. Sin embargo, estaba cegada por el amor, un amor de juventud que obnubila la materia gris y le da alas al corazón.

El susodicho era el sobrino de Eustaquia, que siempre pasaba quince días en el pueblo en época vacacional. Le sacaba diez años, y eso todavía la enamoró más. Era un hombre maduro, inteligente y bohemio que la conquistó con promesas de amor eterno, viajes y nuevas experiencias.

Y así fue: huyeron como fugitivos a tierras francesas, donde se suponía que iniciarían una nueva vida juntos. ¡Bastardo!, murmuró en voz alta sin darse cuenta. La mujer que viajaba junto a ella la miró de reojo, sin entender a qué venía el insulto, pero al ver que la joven permanecía con la vista fija en el suelo, no le dio mayor importancia.

Al desembarcar, Josefa se vio reflejada en uno de los cristales del aeropuerto: despeinada, con unas incipientes arrugas en el entrecejo y en las comisuras de los labios como consecuencia de su adicción al tabaco. Seguía manteniendo su figura delgada, eso tenía que agradecérselo a la genética heredada de su padre, pero su piel estaba flácida y sus pechos caídos a consecuencia de años de lactancia. Eso era lo único que le quedaba de sus tres hijos, un pecho descolgado. No podía recriminarles que la dejasen, que decidiesen criarse con sus respectivos padres. Ella siempre fue un verdadero desastre como madre.

Le pidió al taxista que la dejase a la entrada del pueblo y le dio un par de billetes. Cerró la puerta del vehículo antes de que le devolviese el cambio y se dirigió decidida hacia aquella casa que, con el paso de los años, ya no le parecía tan tediosa y aburrida. Nada había cambiado: las fachadas de gruesas piedras seguían cogiendo polvo, la plaza del pueblo seguía adoquinada y resbaladiza y las gentes seguían parcas en palabras.

Llegó a la calle que tantas veces la vio correr y reír junto a sus pocos amigos. En el porche había gente sentada, señoras vestidas de negro y con gesto vacío, reservado únicamente para los funerales. Pasó frente a ellas sin mirarlas, evitando cualquier tipo de saludo cordial y cruzó el umbral de la casa con determinación.

La casa la recibió con ese olor a rancio tan característico de las casas antiguas y que le llevó, de nuevo, a su infancia. Parecía que los años no habían pasado en aquella estancia. El amplio recibidor seguía tal y como lo recordaba: un pequeño mueble de madera desgastada con patas tan finas que parecían no ser capaces de soportar la gran cantidad de fotografías que había sobre él. Cogió aire mientras las ojeaba a distancia, hasta que vio una parcialmente tapada por la de sus padres. Pasó el dedo por el marco de metal un poco oxidado y la cogió para observarla más de cerca. Las lágrimas resbalaron por su mejilla ante la imagen: allí estaba ella, con poco más de cinco años, en el regazo de su abuela mientras la mujer intentaba continuar con su labor de punto de gancho.

Se restregó los ojos y la dejó en su lugar, sobre el tapete de ganchillo que un día lució blanco y ahora estaba amarillento. Oyó voces que se escapaban del salón y decidió que había llegado el momento de dejar a un lado sus tormentos para mirar de frente a la muerte.

El ataúd lucía en el centro de la habitación, sobre la mesa, aquella donde tantas veces había discutido con sus padres y disfrutado de los estofados de Manuela. Y allí estaba, con la piel blanca, ajada, curtida por el sol, protagonista del velatorio. Josefa sintió nauseas, pero se obligó a dar un paso más hasta tocar la fría madera que envolvía el cuerpo de su abuela. Se doblegó hasta apoyar su mejilla en la frente de esta y entonces, solo entonces, se sintió en casa y se derrumbó.

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