Calentura

Publicado por

Iba a ser una noche más, de esas en las que quedas con los amigos para tomar unas cervezas y, si surge, acabas alargando hasta las tantas. Pero, ayer el destino decidió jugar un poco conmigo.

Quedamos donde siempre, en el pafeto de Juan, que aunque no es un templo de la música, tiene una terraza bastante amplia y, lo más importante, cerveza bien fría.

Después de los saludos, los choques de mano y algún “hijo de perkins” en plan colegueo, me ofrecí para entrar y pedir en barra ya que la camarera no daba a basto con tanta clientela.

El interior olía a alcohol mezclado con un popurrí de fragancias. La luz tenue de las tulipas que colgaban sobre la barra me indicaron el camino hacia mi perdición.

Apoyé los codos después de revisar que no había restos de alguna copa derramada y esperé a que el camarero se diese la vuelta y se topase con mi careto para hacer la comanda.

Cuando lo hizo me quedé sin habla, creo que dejé de respirar. No era Fran, el empleado habitual, se trataba de alguien nuevo. Tenía los ojos azules y el pelo negro hasta la altura de los hombros, detalle que percibí porque un mechón se había desprendido de la coleta que recogía el resto.

Mientras atendía al hombre de mi derecha pude observarle con detenimiento. Alto, debía de sacarme dos cabezas, de piel morena y labios carnosos pero varoniles y de culo respingon, o al menos, eso era lo que decían sus ajustados pantalones vaqueros.

Llegó mi turno y balbuceé a duras penas “cuatro cervezas y dos Coca-colas”. El chico se inclinó hacia mí para que le repitiese, indicando con gestos que no me había oído por culpa de la música, aunque no estaba muy alta. Casi rozamos las mejillas y sentí como una corriente eléctrica recorría mi cuerpo mientras le gritaba al oído.

No participé en las conversaciones de mis colegas, absorta como estaba en los ojos del chaval de la barra, me limité a asentir o sonreír ante las ocurrencias de la loca de Míriam.

La noche transcurrió como la mayoría de viernes: algo de picoteo en el bar de la esquina, tres o cuatro chupitos y, con la euforia del alcohol, acabamos en la discoteca.

Hacía bastante calor así que optamos por quedarnos en la zona de la terraza aunque tuviesemos que soportar la melodía martilleante de los últimos exitos de reggeaton.

Levanté la vista hacia la pista de baile y ahí estaba: el camarero de ojos azules. Seguía el ritmo de la música mientras sujetaba una copa con la mano derecha. Destacaba entre el resto, o eso me parecía a mí, incapaz de mirar hacia otro punto que no fuese él.

No me gustaba esa música, no me gustaba bailar, pero sin saber por qué me levanté y fui directa hacia a él. Noté como me miraba al acercarme contoneando las caderas. Sentí como me atravesaba con sus pupilas celestes.

No se molestó cuando le cogí la copa y la dejé sobre la barra. No se extrañó cuando rodeé su cuello con mis brazos y acerqué mi ombligo y mis pechos a su cuerpo para seguir sus movimientos.

Susurré en su oído mi nombre y sentí cómo se le erizaban los pelos de la nuca. Me dio la vuelta para ponerme de espaldas a él y me agarró de la cintura para acercarme a su cuerpo. Me devolvió la caricia mordisqueando mi cuello.

A los pocos minutos sonó su teléfono y se despidió con excusas.

Y hoy…

Hoy he despertado con calentura.

9 comments

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s