A través del visillo

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Podía pasar horas sentada en esa silla, observando a través del visillo amarillento por el polvo y los años. Su piel, tan arrugada como el corazón, ya no sentía nada.

Se quedó anclada en otro tiempo, cuando todavía era lozana y cantaba cada mañana. Ahora la casa siempre estaba en silencio y ni si quiera los gatos maullaban, como si hubiesen aceptado como propio el luto de su dueña.

Eugenia aceptó la muerte de sus padres con fortaleza y siguió cantando al amanecer. Cuando su marido la abandonó dejó de cantar durante unos días, pero se repuso rápido y su voz se tornó más aguda, más alegre si cabe.

Sin embargo hacía años que quedó muda. Ni un leve tarareo salió de su garganta. Sus cuerdas vocales se secaron al igual que sus ojos. Tantas lágrimas derramadas, tanto dolor, tanta rabia e impotencia, la dejaron postrada. Condenada a seguir viviendo tras los visillos, condenada a esperar su muerte y reencontrase con su hijo.

13 comentarios

  1. Qué bien retratada la soledad en tu micro, Sadire, y es una situación que en cualquier lugar se puede dar, dura y real. Peor ahora, cuando muchos mayores han ido quedando al margen del manejo de aparatos tecnológicos, que tal vez mitigarían en algo, esa soledad.
    ¡Un abrazo!

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