La consulta del médico

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He estado unos días pachucha y, raro en mí y muy a mi pesar, he tenido que hacer más de una visita al médico. Sentada en esos bancos de madera o sillas de plástico (¿serán recicladas?), me ha sobrado tiempo para pensar y divagar. Conocidas de sobra en el mundo entero son las largas horas de espera en la sanidad pública. Tanto es así que hasta dudas entre si morir en casa o desperdiciar las últimas horas junto a máquinas de café, Aquarius y rosquilletas, acompañada de desconocidos quejicosos, estornudos varios y toses esquivadas disimuladamente.

No soy de ir al médico, la verdad, me siento incómoda. Ahora todos diréis que a nadie le gusta ir al médico. Tenéis razón, pero no me podéis discutir que hay gente a la que se le da muy bien y se maneja como pez en el agua entre formularios, batas, pasillos e inyecciones. Esta gente me daría para otra entrada, pero voy a centrarme en los que, como yo, parecemos gilipollas pidiendo disculpas por estar enfermos.

La gente como yo no acude al primer indicio a su médico de cabecera. No, nosotros, una especie raruna donde las haya, preferimos pensar que es una resfriado, que en dos días estaremos bien, que estamos demasiado cansados y culpamos al estrés de nuestro estado. Algunos tomamos analgésicos comunes antes de acostarnos y nos auto convencemos de que vamos a amanecer como una rosa. Normalmente es así, pero ¿y cuando seguimos despertándonos convertidos en despojos humanos?

Llegado este punto, familiares y amigos empiezan a preocuparse y nos aconsejan: “Ve a que te miren”, “Chica, no será nada, pero ve a que te echen un vistazo”. Y nosotros, como buenos canguelos (eso es lo que somos y por eso no vamos nunca a consulta), acabamos accediendo. Intentamos coger cita previa y tachán, nos dan para dentro de dos semanas. Pues nada, espero un par de días más a ver si mejoro.

Pero no, no mejoras y, casi a rastras, te dejas llevar hasta el hospital de urgencias. Llegas animado, “Ostia, me van a curar”, pero en cuanto te arrimas al mostrador de admisión ya comienza el bloqueo, “Coño ¿y qué le digo que me pasa?”, “Pensarán que es una tontería. No, pero yo estoy enferma, esto no es normal. Tienen que mirarme. Seguro que me riñen por no ir primero al ambulatorio porque claro, tampoco es para tanto lo que tengo, ¿nooooooo?”. Total, que a la pregunta de qué le pasa solo aciertas a contestar: llevo días mala, no me encuentro bien.

Pasas a consulta con bastante rapidez y te hacen las pruebas necesarias. Te vuelves a la sala de espera que, como bien indica su nombre, desespera. Pasan cuatro horas y comienzas a estar irritable. Te molesta el llanto del bebé, la mujer que estornuda en tu cogote, la tranquilidad de los médicos que han salido del pasillo y entre sonrisas se toman un café. El reloj marca la quinta hora de espera y empiezas a pensar que tu nombre se ha perdido en el espacio sideral y que no te van a llamar. Seguro que hay un error porque han llamado primero al señor que llevaba un ojo colgando (ya ves, la espera nos hace perder la humanidad) y, cuando estás a punto de levantarte para reclamar indignada tu turno, suena tu nombre por los altavoces.

Entras de nuevo a consulta y el médico ya tiene el informe preparado. “Será un virus, señora. Pida cita con su médico de cabecera en unos días y que le vuelva a revisar”. Ganas de estrangular, de fulminar con la mirada, pero haces de tripas corazón y te largas con la sensación de que te vas a morir mañana y nadie te echará de menos.

Has sucumbido a la sumisión y como un corderito sigues los pasos marcados por esos seres superiores que visten batas blancas y pides cita con el médico de cabecera. Han pasado dos semanas por lo que ya te encuentras más o menos bien (no has muerto, madres teníais razón, no era nada), así que si ya de por sí no te gusta ir al médico, encontrándote bien, menos todavía. El médico, del que no recordabas su cara porque hacía más de cuatro años que no veías, sale y dice tu nombre seguido de un “Pase”.

Te sientas y no dice nada. ¿Cómo funciona esto?, piensas, ¿no va a preguntarme ni nada? Segundos de silencio.

—Pues cuéntame.

Ya era hora. Oh, ¿y qué le digo?

—Ehmmm… —Te revuelves en la silla—. Pues nada, que como no vengo nunca pues hoy voy a contarte mi vida.

El doctor levanta las cejas. Bueno, al menos he llamado su atención.

—Sabes que esto es como Juego de Tronos, ¿no? Puedes hacerlo por capítulos…

Risita nerviosa por mi parte y dos minutos de narración con todos los achaques sufridos durante las últimas dos semanas.

—Bueno, voy a repetirte los análisis, pero así a bote pronto, puede que tengas un poco de anemia…

¡Toma! ¿Veis como algo me pasaba, cabrones? Ya, ya sé que es una mierda de veredicto, pero oye, algo me pasaba, ¿no?

Total que el doctor saca una lista con alimentos ricos en hierro y comienza a enumerar:

—Hígado de cerdo…

—Que asco, que asco.

—Morcilla…

—Que asco, que asco.

—Soja, lentejas…

Morro fruncido por mi parte y el señor continúa.

—Almejas, berberechos…

—¡Eso! —exclamo como si hubiese cantado bingo—. Me quedo con las almejas y los berberechos.

El doctor hace cara de “me ha tocao la loca el pueblo” y accede.

—Pues nada, señora, en unos días le hago la prueba del ácido úrico y arreglao. —Me ha tocado el médico irónico.

Salgo contenta con la visita y con un buen puñado de papeles en la mano. Hago la cola del mostrador y pido las citas pertinentes. Me largo con más papeles. Olvido pedir el justificante y vuelta al mostrador, una nueva cola. La señora que ya me ha atendido veinte veces repite la mirada del doctor “me ha tocao la loca el pueblo”.

Total, resumiendo, que deberían hacerse cursos tipo “Cómo ser un buen paciente”, “Técnicas para agudizar el oído y ser capaz de escuchar tu nombre cuando la enfermera con cara de mala leche recita una retahíla a la velocidad del rayo”, “Paciencia para el paciente”, “No olvides que es más importante el del ojo colgando que tu mierda de resfriado”, “Cómo evitar que las abuelas se te cuelen en la cola del mostrador: empujones, codazos y otros trucos” o “Taller de narrativa para enfermedades: no parezcas la loca el pueblo”.

PS: Cualquier parecido con la realidad de este relato es pura coincidencia.

 

 

13 comments

  1. Tampoco es que a mí me gusten los médicos, pero desde los 3 años voy con mayor frecuencia de la que quisiera -de hecho, este comentario lo escribo desde un hospital-. En cualquier caso. Un escrito brillante, que me hizo reír.

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