Leche de burra

Publicado por

Nací entre cabras, ovejas y burras. De hecho, eran ellas las que me daban cobijo entre sus pieles cuando había tormenta o descendían las temperaturas más de lo habitual. Mi madre murió tras el parto y nunca conocí lo que era el amor maternal. Mi padre no volvió a casarse, según él, ya tenía bastante con criar a una niña y abastecer a los faraones de leche y carne.

Aprendí el oficio de ganadera casi antes que a dar los primeros pasos. Al principio acompañaba a mi padre e intentaba serle útil portando el almuerzo o la jiba de agua. Siempre he sido menuda, pero el paso del tiempo fue moldeando mi carácter hasta convertirme en una chiquilla fuerte y tozuda, supliendo con esfuerzo y tesón la falta de fuerza física.

A partir de los ocho años comencé a acompañarle a palacio, creo que tenía la esperanza de que algún sirviente se fijase en mí y los faraones me incluyesen en su plantilla de siervos. Padre siempre decía que cualquier cosa era mejor que vivir apestando a mierda de burra, y tenía razón.

Por aquel entonces, nuestra reina Cleopatra, conocida por todo el mundo por su hermosura y, también fiereza ante los enemigos, eligió la leche de burra como tratamiento de belleza. Se necesitaban más de treinta ánforas de leche para llenar su bañera de oro. El procedimiento siempre era el mismo: llenábamos la carreta hasta arriba y subíamos una a una cada una de las ánforas hasta la cámara de la faraona. Padre se encargaba de verter el níveo líquido y, una vez cumplida su misión, abandonaba la estancia para que la faraona pudiese entrar. Yo me quedaba en un rincón mientras Cleopatra se bañaba y se acicalaba con la ayuda de sus sirvientas por si necesitaba algo relacionado con la leche, ya que la presencia de los hombres estaba totalmente prohibida a no ser que la mismísima reina los invitase a entrar.

Dos años después de mi primera incursión en palacio, las burras cogieron una enfermedad muy contagiosa que les quitaba el apetito y acababa matándolas. Nuestro rebaño mermó de manera brutal. Fuimos llamados a palacio como cada quincena a pesar de que no portábamos ni la mitad de la leche necesaria para llenar la bañera de la reina. Nunca olvidaré las gotas de sudor que perlaban la frente de mi padre cuando tras verter la última ánfora, comprobó que no llegaba ni a cubrir dos palmos de la bañera.

Aún así, papá continuó con el procedimiento habitual y salió de la habitación a la espera de que tres horas más tarde saliese yo con las dos jarras que siempre me quedaba por si eran necesarias. Observé con atención como la reina se sumergía en la leche. Parte de sus caderas y sus rodillas quedaban fuera del alcance del líquido y también todo su torso. Por primera vez pude ver en ella una muestra de emoción, en este caso de hastío y enojo. Hizo llamar a mi padre que entró cabizbajo y solemne. Cleopatra le pidió explicaciones por tan alta ofensa a su reina, pero, aunque mi padre intentó  excusarse y comentó la enfermedad que atacaba a sus animales, Cleopatra no tuvo compasión: pena de muerte.

Tras dictar sentencia allí mismo, desnuda y sin un ápice de compasión, hizo que se llevasen a mi padre. No me atreví a moverme ni mucho menos a replicar, cosa de lo que me arrepentí durante años. Cleopatra giró lentamente el cuello hasta que dio con mi pequeño cuerpo junto a las jarras. Me hizo acercarme y en un susurro me dijo: “A partir de ahora tú serás la ganadera real. Que esto no vuelva a suceder”. Jamás volví a ver a mi padre.

Y así es como durante diez años tuve el privilegio de observar a la faraona más temida en su momento más íntimo. Con el tiempo también participé en su acicalamiento. Me llamaba mucho la atención su coquetería. Ni siquiera para bañarse se despojaba de la corona ni del espeso maquillaje que dibujaba sus ojos y sus labios.  Tuve tiempo de estudiar sus movimientos, sus gestos, cada arruga o cicatriz de su cuerpo, el tamaño de sus pechos y sus nalgas, la curiosa forma que tenía de alzar la ceja izquierda cuando algo la molestaba.

Fui testigo de discusiones con sus amantes mientras yo misma le frotaba la espalda, de reuniones para establecer nuevas tácticas de guerra con soldados que esquivaban la mirada para evitar ofender a su reina que disfrutaba con el bochorno que les producía.

Fui minuciosa en mis tareas, complaciente y muy observadora. Solo hubo una ocasión en la que temí por mi vida cuando la producción de leche decayó de forma considerable. Pero yo era más lista que mi padre y no me iba a presentar frente a la reina con las manos vacías. Pasé toda la noche ordeñando a todo el ganado, indistintamente de su raza. ¿Quién iba a darse cuenta de si era leche de cabra, de oveja o de burra? Yo misma me hubiese ordeñado si fuese posible con tal de conservar la vida.

El mes de mi veinte cumpleaños decidí que había llegado el momento, antes del viaje a Roma de Cleopatra. Nadie sabía cuando regresaría de su reunión con César, así que no podía aplazar mis planes más. Metí en una jiba vacía todo lo que necesitaría y tras atarla fuertemente la metí en una de las ánforas y la llené de leche.

Aquel día las manos me temblaban e incluso una de las jarras me cayó al suelo derramando la leche con lo que conseguí una buena reprimenda de la reina. Me disculpé diciendo que no me encontraba muy bien y continué con las tareas. Una sirvienta le frotaba los pies mientras yo no hacía más que pensar en si todo saldría bien o sería el último día de mi vida. Nadie, ni siquiera sus amantes, había visto a Cleopatra sin maquillaje ni sin su peluca: así de coqueta era. Por otro lado, había estudiado durante años su cuerpo y conseguí engordar unos cuantas kilos lo que hizo que mi pecho fuese más generoso y mis caderas más exuberantes.

Inspiré con fuerza y me armé de valor. Pedí permiso para hablar y Cleopatra me lo concedió con un gesto de la mano. Le susurré que había conseguido una leche de burra de un ejemplar maravilloso y que estaba convencida de que ese líquido tenía unas propiedades exquisitas que podrían rejuvenecer su rostro. Me miró con curiosidad y tras pensarlo unos segundos, ordenó a la sirvienta que se marchase.

—Si alguna vez se te ocurre hablar con alguien sobre mi rostro, te cortaré la cabeza y le daré de comer el resto a tus bestias —amenazó.

Sentí una opresión en el pecho que me impedía respirar, pero me esforcé por llegar hasta el ánfora que contenía el bulto y actuar con normalidad. La agarré y me acerqué a la bañera. Cogí un paño húmedo y le pedí permiso para cubrirle los ojos y comenzar a desmaquillarla. Aproveché esos segundos de ceguera para ponerme tras ella y quitarle con rapidez la peluca y la corona. Antes de que pudiese quejarse ya tenía mis manos sobre su blanco cuello y la empujé bajo la leche. Pataleó durante unos minutos que se me hicieron eternos mientras yo sudaba por el esfuerzo y el miedo.

Cuando el líquido dejó de ondular solté su cuerpo ya muerto. Me sequé la frente salpicada de blanco con mi túnica y tras recobrar un poco la compostura continué con el plan: saqué el cuerpo de Cleopatra, lo sequé y le quité todo el maquillaje y el collar de oro. Le solté el pelo cobrizo que llevaba escondido bajo una malla y le puse mi túnica.

La miré. No era tan guapa como decían sin sus sombras y abalorios, casi diría que tenía una nariz bastante fea, yo era mucho más guapa. Me desnudé por completo y me coloqué el collar, la peluca y la corona. Me acerqué a su tocador y me maquillé como ella solía hacerlo. Chasqué la lengua al ver el resultado en el espejo y me metí en la bañera.

Hice llamar a la sirvienta que, horrorizada, dio un respingo al ver un cuerpo tendido en el suelo y a su reina tan tranquila disfrutando de su baño. Empezaba la función y tenía que sacar la Cleopatra que llevaba dentro, así que le dije sin ápice de emoción:

—La muy idiota se puso amarilla y luego se desmayó. Creo que está muerta. Que se la lleven y que vengan a recoger este estropicio, mira como lo ha puesto todo la muy inútil.

El resto de la historia ya la conocéis.

 

2 comentarios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s