Hermosos lugares para tenebrosas acciones

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Hoy quiero compartir con vosotros el relato que presenté al XII Concurso Una Imagen en Mil Palabras de la fundación Ars Creatio. Ya tenemos el fallo del jurado y, aunque no he resultado ganadora, estoy orgullosa de mi participación. En mi caso opté por la Foto Nº1. Espero que os guste. ¡Enhorabuena a los premiados!

Es curioso cómo se alargan las sombras a lo largo del día. Los objetos se transforman en contornos alargados, borrosos, diferentes. Es como si la materia quisiese mostrarnos su verdadero interior, como si solo fuésemos recipientes de algo oscuro y amorfo.

Me gusta salir de vez en cuando a la terraza de la casa familiar. Intento visitarla, al menos, cada dos meses. Ha cambiado mucho desde que quedó vacía. Sin embargo, mantengo la butaca de mimbre donde se sentaba mi padre durante horas. Está cada vez más desvencijada y algunas de sus fibras amenazan con rebelarse y salirse del dibujo que tenían marcado. Rebelarse, eso debería haber hecho yo la primera vez que fui consciente de lo que pasaba, pero no lo hice. Me hubiese gustado ser una de esas ramitas, tan delgadas y flexibles; aunque en el fondo sí que era un poco como ellas: me había dejado moldear hasta que casi crujieron mis huesos.

Volví a mirar la butaca blanca, ahora parcialmente gris y mohosa. Al principio no entendía por qué mi padre le daba la espalda a tan bello paraje, pero con el tiempo comprendí que le interesaba más lo que sucedía en la orilla. Allí jugábamos mi hermana pequeña y yo cuando mamá tenía turno de tarde en el hospital y llegaba cuando ya estábamos dormidas. El lago no era lo suficiente interesante para mi progenitor, él prefería observarnos, calcular su próximo acercamiento. Sé que salivaba cada vez que nos veía sonreír. Ahora lo sé.

No, esa silla nunca se movería de allí mientras yo siguiese viva. Era la prueba de que existió, de que mis pesadillas tuviesen sentido, de que todo ocurrió y fue real. Mi hermana, Sami –diminutivo que odiaba-, quiso venderla cuando murió mamá, pero yo me negué. Sé que para ella solo era un lugar que le provocaba dolor, que evocaba sufrimiento  y, aun así, quise mantenerla. La gente achacó mi tozuda decisión a la incapacidad de desprenderme del recuerdo de mi madre. Todos estaban equivocados. Esa casa era mi pasado, mi presente y mi futuro. Todo lo que sucedió allí tuvo mucho que ver con lo que era ahora.

Me puse frente a la butaca, esperando ver la figura de mi padre, exhalando una bocanada de humo y tirando la ceniza sobre la arena. Corría una pizca de brisa que acariciaba mis rizos, como el fatídico día en el que por fin vislumbré un futuro diferente. Apreté los ojos con fuerza y los recuerdos colmaron todos mis sentidos.

Tenía doce años y mi hermana Sami acababa de cumplir cinco. Acabamos de merendar y papá nos animó para salir a la terraza y disfrutar de los rayos de sol que pronto se apagarían. Siempre hacía lo mismo: se sentaba, nosotras jugábamos y discutíamos y, luego, él se ofrecía a darme una clase de piano mientras Sami continuaba fuera jugando. Ella siempre renegaba y se quejaba porque también quería aprender a tocar. Pobrecilla, pensaba cuando la dejábamos gimoteando. Sin embargo, lo que ella no sabía era que las clases de piano eran la excusa para las caricias, tocamientos y abusos de mi padre.

Como decía, esa tarde intenté jugar con Sami como si no fuese consciente de lo que iba a suceder a continuación. Ella era todo alegría y efusividad y yo no quería estropear los pocos momentos de diversión que teníamos. Hacía muy buen tiempo aquella tarde, la primavera nos agraciaba con temperaturas muy suaves. Sami llevaba puesto un diminuto vestido de tirantes y, con cada voltereta que daba, sus braguitas quedaban al descubierto.

Noté en papá un gesto diferente, su respiración se había agitado y sus ojos estaban puestos en Sami. Apagó su cigarrillo sobre una piedra y enterró la colilla en la tierra.

—Vamos, Sami —dijo levantándose con energía—. Hoy voy a empezar a darte clases de piano. ¿Estás contenta?

Me quedé paralizada. Solo oía de forma amortiguada, como si estuviese bajo el agua, los grititos de alegría de Sami. Recé para que me eligiese a mí. Sami era tan pequeña, tan frágil…

La sangre se agolpó en mi cabeza y el corazón amenazó con abandonar mi pecho y salir corriendo, pero no podía consentir aquello. No, Samira no pasaría por lo mismo que yo. Saqué fuerzas de donde no las había y me planté frente a mi padre.

—No

Papá me miró con fiereza y luego sonrió.

—No seas celosa, Rebeca.

Me echó a un lado y avanzó dos pasos hacia Sami. Volví a bloquearle el paso casi con lágrimas en los ojos.

—No.

Alargó su brazo para volver a apartarme, pero me escaqueé y le propiné un empujón con toda la potencia que pude. Lo siguiente que vi fue su cara de perplejidad. Luego trastabilló con una roca que tenía detrás y se desplomó hacia atrás. Su cuerpo permaneció en tierra. No se movía. Esperé unos segundos con miedo a una tremenda represalia y algún azote, pero su cuerpo siguió sin moverse.

Samira empezó a llorar asustada e incluso me zarandeó culpándome del accidente de papá. Le grité que se metiese en casa y que si prometía no llorar yo misma le enseñaría a tocar unas notas en el piano. Me hizo caso y se fue. Me acerqué entonces al cuerpo de papá y vi cómo de su cabeza salía un líquido rojo y espeso. Al caer se había golpeado y estaba inconsciente.

Me agaché y acerqué la cara hasta su pecho: todavía se movía. Puse uno de los dedos bajo su nariz y comprobé que respiraba con dificultad. No lo pensé más. Apreté con fuerza la nariz y taponé la boca con la otra mano. Casi ni se removió, fue fácil “ayudarle” a morir.

Más tarde llegó mamá y nos encontró con el pijama puesto y sentadas a la mesa. Me sentí libre por primera vez. Preguntó por papá y no tuve reparos en darle una explicación:

—Está en la terraza. Se cayó. Está muerto.

Sami añadió entusiasmada:

—Rebeca me ha enseñado a tocar el piano.

4 comments

  1. No nos extraña que estés orgullosa de tu participación, es para estarlo. Y además esta vez has canalizado tu ansia de matar gente hacia el que todos sin excepción queríamos que tocase. Ha faltado un remate con el piano en la cabeza, aunque fuera un toque sutil aunque con el cacharro entero, pero no nos pondremos pejigueros.

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      1. ¡Que no se traga las teclas ese tío, que si es un piano bueno son de marfil y no las desperdicio yo con ese desperdicio de engendro! Nos conformamos con un toque sutil, delicado y bello del mamotreto en toda la cabeza, porque de una acción análoga a esa surgió el dicho ‘la música amansa a las fieras’.

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