¡¡Avance nueva novela!!

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¡Buenos días! Llevo varios días amenazando con el lanzamiento de mi nueva novela corta, así que, quiero compartir con vosotros el inicio de la misma para que os vayáis preparando. Se trata del segundo número de la saga Viviendo los Treinta y, como ya sabéis, me encargo de contaros las aventuras (o desventuras) de Esther y Luis es el encargando de dar voz y voto a las andanzas de Águeda.

Estad atentos porque estas dos chicas tienen energía para rato y están dispuestas a sacaros más de una sonrisa. Todavía no os voy a avanzar el título, pero os aseguro que promete. Estoy dando los últimos retoques a la historia y nuestra colaboradora Kanza (@shersei) está inmersa en las últimas pinceladas para tener una portada magnífica. ¡Ya queda menos! Aviso: habrá una sorpresita para premiar a los primeros lectores.

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De momento os dejo con los primeros párrafos. Espero que os guste.

1 FUERON FELICES Y COMIERON PERDICES

 

 

Podría decirse que soy adicta a la lectura y como tal, cuando una historia me engancha, devoro las páginas deseando llegar al final para saber de buena tinta cómo terminan los protagonistas. Puede que el autor finalice su obra sorprendiéndonos con un toque amargo —cosa muy de moda últimamente, solo hay que ver Juego de Tronos—, o puede que sea todo lo contrario y los protagonistas tengan su final feliz, el tan conocido «…y fueron felices y comieron perdices…».

Así es como me sentía en aquellos momentos después de ver cómo tras la apertura de la galería todo parecía funcionar bien. Sin embargo, cometemos un grave error cuando cerramos el libro y pensamos que ese es el final. ¿Qué le sucedió a Blancanieves después de que el príncipe la despertase de su coma?, ¿qué fue de Rapunzel tras escapar de su torre?, ¿se arrepentiría Mulan de cortarse el pelo y vendarse las tetas para poder recibir el mismo trato que los hombres?, ¿la Sirenita nunca echó de menos su cola?

Habían pasado seis meses desde la inauguración y Raúl, Águeda y yo seguíamos comiendo perdices. Mi compañera y gran amiga estaba inmersa en su faceta de relaciones públicas con el fin de que nuestro proyecto no cayese en el olvido. Consiguió contactos importantes en el mundo de la farándula y así fue como pude conocer a actores, periodistas y cantantes. Una vez al mes la galería volvía a llenarse de cámaras y micrófonos a la espera de que la estrella del día apareciese para contemplar nuestras obras y nos dedicase bellas críticas —la mayoría preparadas desde casa antes siquiera de verlas—.

Raúl seguía con su trabajo en comisaría. Nuestra relación mejoraba cada día y poco a poco fuimos conociéndonos más a fondo. Me sentía muy cómoda a su lado, percibía que junto a él podía ser yo misma sin temor a defraudarle. Intentábamos pasar el máximo tiempo posible juntos. Estábamos en esa fase de enamoramiento de color de rosa, donde las mariposas se empeñan en anidar en tu estómago y revolotear cada vez que tienes enfrente a esa persona especial.

Yo pasaba la mayor parte del tiempo en la galería. Abría a las diez de la mañana, cerraba sobre las dos, momento que aprovechaba para ir a casa a comer y charlar con mis padres, y por la tarde, sobre las cinco, volvía a abrir hasta las diez de la noche. Los fines de semana abríamos solo por la noche. La zona de copas había sido todo un éxito y los sábados siempre estaba repleto de gente que disfrutaba de la música, a un volumen suave, que permitía charlar de forma distendida con una copa en la mano.

Susana, la hermana de Águeda, venía esas noches de sábado a echarnos una mano en la barra. Se le daba estupendamente atender a los clientes y poner copas. Ella misma se hacía llamar la Princessbar y se jactaba de su capacidad para preparar tres cócteles a la vez y hacer malabares con las botellas. Más de una se hizo añicos al caer al suelo y, aunque Águeda no podía evitar echarle miradas recriminatorias, lo cierto es que me hacía gracia su energía y su eterna sonrisa.

Raúl pasaba por el local cuando terminaba su turno y esperaba al cierre para irnos juntos a casa; bueno, a su casa. Los fines de semana, antes de encaminarme a la galería, me preparaba una mochila con el cepillo de dientes, un secador de mano, una muda de ropa y algo de lencería picante. Llegábamos al piso de mi Raúl —ahora era más que nunca mi Raúl— y él servía unas copas de vino mientras yo me duchaba. Me gustaba salir del baño con las braguitas y el sostén de encaje, cubierta por una minúscula toalla para, luego, dejarla caer al suelo. La cara de deseo de Raúl al verme conseguía encenderme hasta niveles dañinos. Más de una vez imaginé llamas saliendo de las puntas de mis dedos.

Pasábamos un rato charlando y comentando nuestro día hasta que uno de los dos no aguantaba más y se abalanzaba sobre el otro. Llegábamos a la cama a trompicones, sin saber si esa pierna, esos labios, eran de uno o de otro.

Fue una de esas noches cuando, en vez de terminar entre jadeos y sudor, acabamos construyendo los cimientos de un futuro en común.

—No quiero disfrutarte solo los fines de semana —dijo mirando el techo—. ¿No estás cansada de ir con la mochila a cuestas?

Lo miré sorprendida, intentando asimilar las palabras. ¿Estaba entendiendo bien? Le dejé que continuase: no quería precipitarme, aunque el corazón me bombeaba más rápido de lo habitual.

—Quiero que tu cepillo de dientes esté en mi baño todos los días. Quiero abrir los cajones de la cómoda y ver tus braguitas junto a mis calzoncillos.

No pude evitar soltar una gran carcajada, pero él seguía muy serio mirando el techo. Me incorporé y le di un manotazo en el pecho.

—¿Estás diciendo lo que creo o solo quieres unas bragas y un cepillo de dientes? Porque si es eso, no tengo problema en regalártelo. Mira —bromeé quitándome el tanga—, este ya puedes quedártelo.

Raúl se revolvió y se echó sobre mí. Su boca quedó a escasos centímetros de la mía.

—Vente a vivir conmigo —susurró.

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