Pájaro negro

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Tenía los ojos enrojecidos tras pasar varias horas frente a la pantalla del ordenador, pero no pensaba cejar en su empeño de descubrir a qué especie pertenecía el puñetero pájaro que le perseguía en momentos puntuales de su vida.

Un nuevo click y aparecieron cincuenta imágenes más. Se obligó a pestañear y se restregó los ojos con las muñecas. El sol comenzaba a despuntar detrás de los edificios y los salpicaba de tonos rosados y anaranjados dándoles un aspecto irreal, como si estuviese en un sueño.

Manuel apoyó los codos sobre la mesa y posó de nuevo los ojos en los pájaros negros que se amontonaban en la pantalla. Estaba harto de cruzarse con ese pájaro que revoloteaba sobre su cabeza cada vez que le placía, y además, estaba convencido de que siempre era el mismo. Eso, por supuesto, nunca se lo había confesado a nadie, no quería parecer un idiota. ¿Cómo explicar que un pajarraco se divertía a su costa?

Intentó concentrarse en las imágenes que le ofrecía el buscador, pero el cansancio y la ansiedad no se lo permitían. Lo único que se le venía a la cabeza eran las ocasiones en las que había coincidido con el ave en cuestión.

La primera vez fue cuando tomó la decisión de declararse a Gabriella a pesar de creer que a ella le gustaba Mario. Estuvo encerrado en su cuarto más de tres horas y cuando, al fin se armó de valor y salió a la calle, el pájaro se posó junto a él en la parada del autobús. Al principio creyó que con el ruido de los coches se espantaría, pero no lo hizo y eso llamó su curiosidad. El pájaro se puso a trinar y fue acercándose a él con pequeños saltos. Manuel se le quedó mirando con fijeza y fue en ese momento cuando, asustado, dio un respingo. El pájaro le había sonreído, estaba convencido.

En la siguiente ocasión el encuentro tuvo lugar en la entrada del hospital. Recordaba a la perfección la llamada de su madre apremiándole a acudir: su padre había sufrido un accidente de coche. En ese momento se quedó paralizado y por un momento dudó en pasar junto al pájaro y cruzar la puerta de emergencias.

Le resultaba curioso cómo era capaz de recordar cada encuentro con el animal y, entonces, se dio cuenta de que siempre había sido en circunstancias muy especiales para él. Se removió al recordar la última vez, cuando se posó en su ventana. Acababa de recibir una carta de admisión en un programa de investigación en el extranjero. Le pareció notar que el pajarraco se desternillaba de risa a su costa: tenía que decidir entre aceptar el puesto y dejar atrás a Gabriella y la hija que esperaban o, renunciar a su sueño y probablemente lamentarlo el resto de sus días.

Otra tanda de imágenes apareció frente a él y… ¡Ahí estaba!

—¡Maldito cabrón! ¡Te tengo! —exclamó acercándose a la pantalla y dándole al enlace para descubrir el nombre de su enemigo— ¡Tordo! ¡Eres un jodido tordo!

En ese instante la imagen del pájaro que se mostraba en el lateral izquierdo de la página cobró vida y le dijo:

—No soy un tordo, soy TU MIEDO.

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