La Resistencia Azul. El inicio.

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Esta entrada es la continuación de La Resistencia Azul. (aquí)

Mi abuelo formó parte de “los elegidos”. Era catedrático en energía y medio ambiente y eso le aseguró una silla en el comité de investigación para la salvación de la Tierra. Ni siquiera su posición y sus grandes aportaciones le protegieron ante la nueva ley de los tatuajes azules. Este es un tema que tratamos bastante en las reuniones clandestinas de la “Resistencia”: ¿por qué marcaron con tatuajes a todos aquellos que se suponía estaban trabajando duro en la única investigación esperanzadora?

Según “Los Cinco”, y en concreto,  Natasha que en esta ocasión fue la portavoz, había que proteger la igualdad entre todos los ciudadanos, aunque eso significase marcar también, y perder, a los mejores científicos que quedaban en el planeta. Para nosotros este fue el punto de partida que daría rienda suelta a nuestras teorías conspiratorias. ¿A quién beneficiaba esta situación? Recuerdo a la perfección el discurso de la gobernadora. Lo vimos en una de las pantallas públicas instaladas, desde hacía años, en los centros comerciales, ahora convertidos en lugares de reunión para el pueblo. Los edificios desolados y prácticamente abandonados eran los únicos lugares donde había electricidad hasta el mediodía, una medida táctica, según mi opinión, para tenernos a todos controlados y localizados en el caso de que nuestros gobernantes lo necesitasen.

La resolución de la gran pantalla no es demasiado buena, pero es suficiente para escuchar las noticias y alguna película los domingos por la mañana. Es la única forma que tenemos de entretenernos y estar conectados con el resto del mundo. Por supuesto, solo sabemos hasta donde quieren que sepamos e incluso la programación fílmica es concienzudamente seleccionada para no animar consciencias e insuflar ideas que no se adecuen al programa político.

Como decía, recuerdo como si fuese ayer el día en que Natasha apareció en la pantalla del centro comercial más cercano a nuestra casa. Estaba junto a mi madre y tenía quince años. La joven no tendría más de veintiséis y, aún así, la fina línea que se le formaba en el entrecejo la hacía parecer más vieja. Parecía solemne y reticente a lo que tenía que decir, o al menos, lo aparentaba. Apretaba la mandíbula al finalizar cada frase y tomar aire para continuar. Llevaba el pelo estirado en una coleta alta y un jersey de fibra sintética de cuello alto: pura sobriedad. Casi sentí pena por aquella mujer afligida que, simplemente cumplía con su deber e insistía en repetir “Es una tremenda pena tener que inocular a nuestros científicos más inteligentes e implicados en la causa de salvar a la humanidad, pero debemos ser congruentes y no debemos dejarnos llevar por los sentimientos ni los intereses para evitar las desigualdades entre los ciudadanos. Es por ello que, esta misma noche, procederemos a tatuarlos y tendremos en cuenta sus situaciones particulares para valorar las líneas que deben obtener“.

Casi me convenció, casi. Con los años he aprendido a leer esos ojos azules tan fríos que estoy convencida esconden muerte y destrucción.

Aquella mañana fue la primera vez que oí maldecir a mi madre. Me agarró de la mano y tiró de mí hasta la salida del centro comercial, cuando todavía no se había terminado el noticiero. Hasta ese momento nunca había oído hablar de “La Resistencia Azul”, ni sabía de su existencia. Sin embargo, esa noche, cuando la casa ya estaba en silencio, escuché susurrar a mi madre a través de la ventana: “Tenemos que reunirnos“, decía. “Hay que averiguar qué esconden“. No oí la respuesta del interlocutor, ni siquiera sé si la hubo, pero ese fue el inicio de mi historia, de mi granito de arena en la revolución.

 

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