Historias de Halloween: Corre, corre, que te pillo

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La abuela sacó del horno una bandeja de galletitas humeantes con forma de calabaza y las dejó sobre la mesa del porche. Mis primas, mis hermanos y yo corrimos y asaltamos la bandeja con tal ansia que parecíamos famélicos.

Tuve que abrirme paso entre ellos para poder llegar al borde de la mesa y, dando pequeños saltos, conseguí agarrar dos galletas antes de que se terminasen.

La abuela nos miraba desde su mecedora de mimbre con ternura. Llevaba el pelo cano agarrado en un moño bajo y tamborileaba con sus largos y huesudos dedos la cabecita de su inseparable Miso, un gordo y arisco gato negro.

Desde que tenía uso de razón, había pasado el día de Halloween con la abuela y el resto de niños de la familía. Era una especie de tradición impuesta por la matriarca; una ley no escrita ni pronunciada del estilo “En Halloween los niños no saldrán de las inmediaciones de mi casa”. Desconocía el motivo de tal reclusión, pero tampoco me preocupaba. Lo pasábamos muy bien.

Engullimos la merienda casi sin respirar y la prima Dave gritó “¡A pillar, yo pago!”, provocando la estampida deseada. La abuela sonrió y repitió cuando todavía estábamos a su alcance: “Recordad, nada de esconderse en el cobertizo”.

Yo era el más pequeño de esa cuadrilla, lo que significaba que siempre me pillaban el primero. Estaba cansado de aquello y las palabras de la abuela me dieron una idea. Me escondería en el cobertizo. Nadie se atrevería a desobedecer a la abuela y nadie me pillaría.

Me deslicé con sigilo entre los arbustos que daban acceso a la pequeña caseta de madera. Los tablones de las paredes estaban ásperos, hacía años que no se barnizaban. Puse mi pequeña y regordeta mano sobre el pestillo de la puerta y con grandes esfuerzos conseguí abrirla.

La voz agitada de Dave se sentía cada vez más cerca y, sin pensar, salté dentro del cobertizo. Estaba oscuro, pero la luz que se colaba por la pequeña ventana era suficiente para dibujar los contornos y formas de lo que había en el interior.

Di unos pasos más, motivado por la curiosidad. Sí, aquello era una escoba. Me acerqué y soltó un pequeño destello verde. Al contacto con mi mano se elevó unos pocos centímetros del suelo, estaba flotando.

No me asusté, si no que aquello me motivó a seguir curioseando. En el centro de la estancia había un enorme caldero. Tuve que ponerme de puntillas para ver en su interior. Estaba vacío, pero al tocar el borde para apoyarme, el fondo se iluminó con el mismo tono de verde.

Me di cuenta entonces de que me llamaban. Todos los niños habían sido pillados y solo debía faltar yo. Gritaban mi nombre. Salí del cobertizo y cerré de nuevo el pestillo intentando no hacer ruido.

Fui corriendo hacia el porche y al llegar grité: ¡He ganado! La abuela me miró y me guiñó un ojo. Sé que no lo hizo por ser el ganador, creo que sabía que había descubierto su secreto.

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