Historias de Halloween: La Filial

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Natasha, apoyada en la carrocería de su BMW negro, soltó un «¡Mierda!» al quemarse los dedos con el cigarrillo ya consumido. Llevaba más de dos horas en aquella montaña plagada de desperdicios y embarrada por las últimas lluvias. Abrió el maletero y lanzó dentro los prismáticos soltando un bufido. Antes de entrar al coche se sacudió la orilla de los caros pantalones.

Seguía sin entender por qué la habían elegido para ese asunto. Mirando los tacones de sus zapatos llenos de barro comprendió que aceptar el caso no había sido una buena decisión. Ella estaba acostumbrada a otro tipo de escenarios, amplias oficinas en edificios acristalados, principalmente. Solía ser suficiente con un par de negociaciones y unas pequeñas amenazas insinuadas para que las partes llegasen a un acuerdo.

Eligió la rama de abogacía medioambiental siguiendo sus creencias e ideologías. Era joven y todavía creía en la salvación del mundo, pero con el paso de los años y, tras comprobar que todo era una patraña de intereses y publicidad, fue tomando distancia; cada vez menos implicada y motivada. Quizá por eso aceptó la oferta que le hizo el enviado por el gobierno, un hombre menudo con voz aflautada. «Solo tiene que investigar esta empresa. Van a abrir una nueva filial de Marbow’s en Bestim. Es un pequeño pueblo entre las montañas del norte, no se preocupe, está todo indicado en los informes que le he dado. El Consejo cree que no es trigo limpio en cuestión de medio ambiente, ya me entiende. Consíganos alguna prueba.»

Hubo algo en su discurso que llamó su atención, sentía que se guardaba información. Los años de abogacía le habían desarrollado una especie de sexto sentido, un detector de mentiras. Aquello le hizo aceptar y en esos momentos, tras semanas de seguimiento, soledad en un maldito motel cochambroso y un clima triste, se arrepintió de su decisión.

Mientras tanto, en el Instituto Himman, el director seguía con su discurso de agradecimiento. Todos los alumnos fueron reunidos en el pabellón del gimnasio. En el centro de la cancha de baloncesto se había preparado un escenario en el que los representantes de la empresa Marbow’s escuchaban los halagos del director:

—Como todos sabéis, Marbow’s ha abierto una nueva filial cerca de nuestro instituto. Es todo un honor para los habitantes de Bestim tenerlos aquí. Una nueva oportunidad de empleo para nuestros jóvenes, que no tendrán que abandonar sus hogares en busca de un futuro en la ciudad. Además, también debemos agradecerles su generosidad. Gracias a ellos ha sido posible renovar las calderas y cambiar toda la instalación de fontanería. ¡Por fin podréis disfrutar del agua caliente, chicos!

Tres días después, nadie recordaba el discurso del director ni los aplausos y vítores. El equipo de voleibol terminó el entrenamiento de los jueves y los jóvenes entraron en el vestuario entre bromas y empujones. Dorman, el capitán, se entretuvo dándose un masaje en la muñeca izquierda, todavía se le resentía desde el último partido. Mientras, sus compañeros seguían con las bromas dentro de la ducha.

De repente las carcajadas terminaron y se hizo el silencio. Dorman, extrañado, pensó que estarían preparándole alguna trastada. Estaba convencido de que en cuanto se asomase a la zona de las duchas se lanzarían sobre él y le atizarían con el bote de champú como solían hacer siempre. Acabó de desnudarse y se encaminó hacia sus compañeros, preparado para la guasa.

—Vale, chicos, ya voy —avisó—. ¡Como me aticéis os machacaré de un pelotazo en el próximo entrene!

Sin embargo, cuando se asomó se quedó petrificado. Sus compañeros yacían en el suelo, retorciéndose bajo el agua de las duchas. Sus cuerpos se contorsionaban adoptando posturas abominables. Le pareció escuchar cómo se rompían algunos de sus huesos. Uno de ellos, el más cercano, dejó de temblar y abrió los ojos. No había vida en ellos, el iris había invadido todo el globo ocular y adquirido un color púrpura escalofriante.

Dorman salió corriendo en calzoncillos, gritando como un desquiciado. Sus gritos y advertencias no servirían para nada, el pueblo estaba condenado.

6 comments

  1. ¡Excelente!, pese a ello, he observado que no has tenido en cuenta algo fundamental:
    Según consta en las reglas de ortografía, los nombres oficiales de los centros educativos se escriben con mayúsculas iniciales, en este caso: en lugar de “Mientras tanto, en el instituto Himman,…” deberías sustituirlo por “Mientras tanto, en el Instituto Himman,…”.

    Saludos

    Le gusta a 1 persona

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