Historias de Halloween: La carta

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¡A las muy buenas, compañer@s! Viendo los escaparates de las tiendas con sus calaveras y sus calabazas, las series infantiles con telarañas y disfraces y los temarios de la clase de inglés de mis hijos; he decidido que voy a sumarme a la fiebre Halloween (oye, no me miréis así que bien que os gusta Papa Noel cuando os trae regalos y nadie os acusa de chaqueteros por uniros a una fiesta extranjera). Tengo pensado publicar una pequeña historia de Halloween cada día hasta el 31.

PD: Espero cumplir, pero si no lo hago, no me lo tengáis en cuenta que voy muy liada buscando ceras de colores, vaciando calabazas y dando puntadas a los disfraces.

Octubre comenzó con temperaturas bastante agradables, casi primaverales. Durante el día el sol proporcionaba suficiente calidez como para olvidarte de las chaquetas y, por la noche, refrescaba lo suficiente como para dormir plácidamente con un edredón. Sin embargo, al inicio de la penúltima semana del mes, las temperaturas se desplomaron.

Samantha tenía la tarde libre y se sintió feliz de poder disfrutar del sonido de la lluvia cobijada en su manta favorita y leyendo el último libro que había adquirido en la librería de la esquina.

Antes de sumergirse en la lectura decidió darse un baño y encender unas velas, hacía mucho tiempo que no podía dedicar tiempo a esos rituales que tanto le relajaban. Encendió el calefactor a máxima potencia, el cuarto de baño estaba congelado. Cuando quiso darse cuenta ya tenía las manos arrugadas por culpa del agua. Había pasado una hora dentro de la bañera.

Bajó las escaleras dando pequeños saltos intentando entrar en calor. La casa estaba destemplada, así que decidió que ya era hora de hacer uso de la calefacción. Se tumbó en el sofá y comenzó el libro. Era uno de misterio, género que le entusiasmaba, y volvió a perder la noción del tiempo hasta que notó los pies fríos.

Se fijó en que las ramas de los árboles ululaban movidas por el viento. Los cristales de las ventanas se habían empañado debido al contraste de temperatura entre el interior y el exterior de la casa. Volvió a su rincón del sofá y se hizo un masaje en los pies, pero no había forma de que se templasen. Recordó que en uno de los cajones del aparador estaba la manta eléctrica y fue a buscarla. Continuó leyendo hasta quedarse dormida, aunque no tuvo dulces sueños. Despertó con la sensación de que algo malo iba a pasar.

Fue días después, el 31 de octubre, cuando Félix, su marido, llegó con el correo y empezó a revisarlo. Samantha salió de la ducha entre una nube de vaho y le preparó un café. Félix comenzó con el triaje y cuando abrió la última carta se tornó pálido. La taza de café resbaló de sus manos temblorosas y se rompió en mil pedazos al chocar contra el mármol. Sintió un sudor frío recorriendo las palmas de sus manos. No podía creer lo que estaba viendo. Samantha, asustada por la reacción de su marido y temiendo un ictus o infarto, acudió a su lado y leyó en voz alta la misiva que había dejado en shock a su amado compañero:

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7 comments

  1. “He decidido que voy a sumarme a la fiebre Halloween (oye, no me miréis así que bien que os gusta Papa Noel cuando os trae regalos y nadie os acusa de chaqueteros por uniros a una fiesta extranjera)”
    Soy la primera que está en contra de todo el consumismo que produce, sobre todo papá Noel y la Navidad, y la que más se suma a la famosa fiebre navideña. Por el momento a Halloween 0, pero todo se andará… 🤔🎃
    Más real que ficticia la historia… 💕

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