Elige tu máscara

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Suena el despertador y Silvana, todavía con los ojos cerrados, lo apaga de un manotazo. La civilización ha cambiado de forma brutal en tan solo cincuenta años, sin embargo algunos clásicos como los despertadores y sus típicos sonidos, se resisten a desaparecer y mimetizarse con el resto de aparatos electrónicos.

Silvana se recoloca la máscara que, debido al contacto con la almohada durante toda la noche, se ha desprendido un poco de su rostro. La chica se sienta en el borde de la cama y observa a su compañero. Suspira al comprobar que sigue durmiendo y no ha tenido ocasión de ver su verdadero rostro.

La puerta del baño se desliza hacia la derecha al detectar el cuerpo de Silvana frente a ella. El grifo comienza a llenar la bañera respetando la temperatura preferida de la chica e inmediatamente los cajones bajo el lavabo se abren mostrando las diferentes máscaras.

Es miércoles y Silvana tiene que ir a trabajar. Por la tarde ha quedado con sus padres para tomar café en el barrio de las familias. Acaricia la máscara de los domingos y una sonrisa se dibuja en su rostro, su verdadero rostro. Le encantan esas tardes con sus palomitas y sus maratones de series. Pasea la mano por la siguiente máscara, la de los viernes por la noche. Esa es la de las cenas con amigos, borracheras y conversaciones vacías en muchos casos.

Llega, al fin, a la del trabajo con sus respuestas neutras, sus saludos correctos, el esfuerzo y el sacrificio. Retira con cuidado la que lleva puesta: la del sexo sucio y visceral. Se coloca ésta y coge también la de hija servicial y amorosa. La guardará en su bolso para la tarde.

Antes de introducirse en la bañera echa un vistazo por la ventana: un día gris como los últimos veinticinco. Las madres se dirigen con premura hacia las paradas de autobús para acompañar a sus hijos al colegio. Justo enfrente de su habitáculo hay una. Silvana disfruta observando a los pequeños. Se pregunta cómo pueden distinguir a sus progenitoras ya que todas llevan idénticas máscaras de madres protectoras. ¿Será por el olfato?

En el fondo envidia a los niños. Ellos todavía no tienen que cubrirse con caretas. Ellos aún son libres de hablar con la mirada, de alzar las cejas, de llorar, de asombrarse, de reír tan fuerte como para poder ver sus amígdalas.

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