De los creadores de “Parque acuático con niños”, llega ¡Parque de atracciones con niños!

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Todo aquel que tenga niños ha ido en alguna ocasión a un parque acuático con sus rampas infinitas y sus toboganes malditos bajo un calor sofocante. Y, si no lo habéis hecho ya, os aconsejo que echéis un vistazo a esta entrada que les dediqué el año pasado (enlace, aquí).

Pues bien, el parque de atracciones es otro destino ineludible. Y no, no creáis que es tan fabuloso como cuando los visitabais con dieciséis o diecisiete añitos. Los años pesan y, la maternidad/paternidad, también.

Todo es alegría y entusiasmo cuando despiertas y te montas en el coche dispuesto a vivir un día mágico e inolvidable acompañado de tu prole. Las sonrisas son amplias al llegar al párking y bajar del coche. Ahí empieza la primera tortura: tres kilómetros te separan de las taquillas. “No hay problema”, piensas. Estás fresquito y henchido de júbilo. ¡Ay, malandrín! No pensarás lo mismo cuando a las doce de la noche, con los pies reventados de tanto andar, tengas que ir en busca del coche.

Llegas media hora antes de la apertura del parque, pero las colas ya son enormes. “No hay problema. Paciencia, niños, ya sabíamos que hoy íbamos a hacer colas”, les dices a tus hijos con cariño. Abren las taquillas y la cola casi no avanza. Normal, tanto descuento ralentiza el trabajo de las taquilleras que, entre descuentos de tarjeta jove, los 2×1 de los hoteles, los envoltorios de las gominolas con los que consigues veinte euros de descuento y, las pulseritas para hacer menos cola; no sé cómo se aclaran.

Por fin cruzamos los tornos y la satisfacción emerge de cada uno de nuestros poros de la piel. Hacemos tropecientas mil fotos en los primeros cinco metros que hemos recorrido. A este paso la batería del móvil no llega ni al mediodía. “Mira, mamá”, “Mira, papá”, son las frases más repetidas durante estos primeros momentos.

Primera atracción a la vista. Hay que subir por narices y que los churumbeles rebajen el nivel de nerviosismo. Vaya, uno puede subir, pero el otro no da la altura mínima recomendada. Empezamos con los turnos. El adulto que sube se tiene que tragar media hora de cola y el otro, tiene que aguantar un repetitivo “¿Cuándo vienen?”, “¿Se habrán tirado ya?”, “Me aburro”.

Por fin regresan de la atracción y ves a tu pareja con cara desencajada, pero con una amplia sonrisa. Te das cuenta entonces de que tus caderas ya no son lo que eran y, que tu cerebro, ya no está preparado para soportar el traqueteo de un tren que va a más de ciento treinta por hora. Aún así estás disfrutando y, cada vez que tu retoño te insiste para repetir, aceptas. Eso sí, sobre las cinco de la tarde, intentas poner cualquier excusa para no tener que subir de nuevo en esa máquina infernal que conseguirá que acabes con un mes de baja laboral.

La siguiente prueba de fuego para los bolsillos es sortear todos los chiringuitos que aparecen en cada esquina con sus gofres, sus helados, sus patatas fritas… “No, niños, ahora no. Luego. Si tenéis hambre comeros los bocatas que hemos traído”. Ellos prefieren pasar de los bocatas. Y no les culpo. Después de estar más de cuatro horas en el fondo de la mochila, escondidos bajo las chanclas y las toallas húmedas, su aspecto no es que sea muy apetecible. Vamos, que ni apuntalándolos mantienen la forma. Y al final caes y les compras algo. Encima hay que sumar al gasto las botellas de agua, refrescos y cervezas que te tomas. De eso no puedes escapar, y menos en pleno mes de agosto con la que cae.

Otra cosa que tiene mucha gracia son las atracciones de agua. A los niños les encanta y a los padres también. Se agradece que te mojen un poco cuando hace tanto calor. El problema es que luego te pasas todo el tiempo con la ropa húmeda y acabas con alguna rozadura que otra. Luego está el tema de los olores. ¿Os habéis percatado del tufo que suelta la ropa empapada por esas aguas turbias? Mejor intentar cerrar la boca cuando vayáis a caer por la rampa… Estuve pensando en la posibilidad de mutar si tragaba un poco de ese caldo…, ¿nos saldrían aletas?, ¿nuestra piel sería fluorescente?

Por último, y para finiquitar un día que, oye, ha sido muy chulo y divertido, pero estás deseando que termine; pasas por la zona de tómbola y te acaban de desplumar. Porque al fin y al cabo, tu cuerpo ya no soporta más atracciones ni colas, y esta es una buena forma de disimular. Los entretienes un rato, hasta que el último billete se convierte en unas escasas monedas y decides que es hora de marcharse.

De camino al párking de los pobres, ese que está a tres kilómetros de la entrada, todo son lamentos: “Estoy cansada, mamá”, “Tengo agujetas, papá”, “¿Me puedo dormir en el coche?” y “¿Cuánto falta para llegar a casa?”. Pero, ¡coño, qué bien lo hemos pasado!

19 comments

  1. ¡Ay, Sadire! Hace mucho ya, he pasado por esos avatares… Y me he divertido con lo que cuentas, recordando cómo se sacudían mis pechugas, mientras acompañaba a mis hijos en el juego de ” los carros locos”… 😂😂😂😂😂
    Creo que fue el comienzo de la destructiva presencia y evidencia, de la atracción y poderío de la gravedad.,. 😱😱
    ¡Besos!
    🤗🤗🤗😘😘😘

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  2. Por la edad de mis hijos no he pasado por lo que cuentas, pues y eran mayores cuando hemos estado en Pot Aventura y en Terra Mítica o en algún Aguapark, pero me lo puedo imaginar… Lo más reciente y parecido ha sido la visita este verano al Parque de Cabárceno con mi nieto Iker, cinco años. Nos montamos en el telesilla, se comió tres o cuatro helados, tuvo que acercarse a tocar al avestruz, por poco se mete en el recinto de las cebras, vimos el espectáculo de las rapaces y se hizo una foto con un búho real, una lechuza, un azor y un águila que abultaba mucho más que él… se le antojó pizza que tuve que comer yo y ya de vuelta al coche, con los pies hechos polvo, se empeñó en ver las serpientes, en fin… Pero fue un día estupendo, el tomtom nos hizo recorrer toda Cantabria, pero llegamos sanos y salvos los dos…
    Un abrazo.

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  3. Si es que tú misma te las buscas, no nos lo vas a negar… Tienes un detector de colas veraniegas y allá que vas, cual polilla hacia la luz de color azul violácea. Vale que tú no morirás electrificada, pero seguro que alguna vez, tras media hora de cola, se te habrá pasado por la cabeza que te hubiese gustado más ese plan…
    ¡Felicidades por tu supervivencia a los parques estivales!

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