Avance nueva novela chick-lit

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Hace días que estoy un poco más callada de lo normal y tiene una muy buena explicación: estaba terminando una nueva novela chick-lit. Si sois seguidores del blog de Lord Alce seguro que ya lo sabríais porque ha hecho un par de incisos sobre este tema (enlace aquí).

La cuestión es que quiero compartir con vosotros mi ilusión con este nuevo proyecto. Va a ser un trabajo hecho “a la par” con Luis. Se trata de dos novelas independientes y simultáneas que comparten argumento, pero cada una vista desde la perspectiva de una de las protagonistas. Son novelas cortas de corte humorístico sobre las peripecias de dos chicas muy…especiales, podríamos decir. Bueno, ya lo veréis.

De momento os dejo con un pequeño avance. Este sería el inicio del primer capítulo:

1

CUANDO EL TÉ INSISTE EN HABLAR Y LOS MOJITOS HACEN EL RESTO

Siéntate, querida. Ya pensaba que te habías olvidado de tu pobre tía — Sonreí ante la frase preferida de la tía Maggy -nombre artístico que se había apropiado hacía más de veinte años cuando montó su consulta de adivinación-, daba igual el tiempo que hiciese que no la visitaba porque para ella siempre era más del necesario —Vamos a ver, ¿a qué se debe tu visita? ¿Te apetecía contar mis nuevas arrugas o se trata de un tema “profesional”?.

Para ella un tema “profesional” era lo más personal posible puesto que se ganaba la vida intentando adivinar el futuro de la gente que acudía hasta su casa con la esperanza de escuchar que les iba a salir un nuevo novio, o que la pesada de la suegra, iba a irse de viaje con el Inserso y, encantada bailando Los pajaritos en algún bar de costa, dejaría de molestar a la susodicha nuera.

— ¿Qué pasa? ¿Qué tu sobrina favorita no puede venir a verte? — Lo cierto era que en parte tenía razón, casi siempre la visitaba cuando algo me rondaba la cabeza y me quitaba el sueño. Me gustaba oír sus tonterías –odiaba que llamase así sus visiones en las cartas-, era algo que me hacía desconectar y me relajaba. La verdad es que la tía Maggy era como una segunda madre para mí, siempre había defendido mis decisiones aun sabiendo que en muchas ocasiones no eran las más acertadas.

—Voy a prepararme un té, ¿te apetece uno? —ofreció mientras se dirigía a la barra americana que separaba la pequeña salita de una todavía más minúscula cocina. Las monedas del pañuelo que llevaba atado en la cabeza tintinearon con el movimiento y no pude reprimir una sonrisa.

—No, gracias, sabes que odio el té y que por mucho que insistas cada vez que vengo, no vas a cambiar eso — Aparté la cajita de madera donde guardaba las cartas y las velas aromáticas para poder coger el mando del aire acondicionado. En aquél piso siempre hacía un calor insufrible. Creo que eso y el denso aroma del incienso y las velas eran una técnica de Maggy para sugestionar a sus clientes, pero a mí ya me estaban sudando los muslos y comenzaba a resbalar del tapizado de poli piel rojo de la silla. Fui lo más sigilosa posible, pero la tía tenía un oído fabuloso.

—Niña, te he dicho que no lo pongas a menos de veinticuatro, estos aparatos los carga el diablo, ya verás pillar un resfriado.

—Venga tía, no creo que un poco de fresquito moleste a tus invitados del más allá, seguro que se sienten como en casa.

Maggy ya se acercaba con las tazas sobre una bandeja de plástico decorada con florecillas amarillas y me lanzó el paño con el que había cogido la tetera.

—No deberías burlarte de tu pobre tía, sabes que siempre acierto. Bueno, muchacha ¿quieres un té o no?

—Que nooooo… —dije sintiéndome como una niña pequeña.

—Pues tú te lo pierdes —bufó resignada mientras se servía un poco del líquido rojo y abría un sobrecito de sacarina —. ¿Qué te preocupa, jovencita?

Por eso siempre acudía a ella: solo con echarme un vistazo era capaz de saber que algo me pasaba. Lo mejor era que no intentaba sacarme información, ella solo preguntaba y me dejaba hablar si me apetecía y si no, pues cambiaba de tema y charlábamos sobre cosas triviales que terminaban relajándome y siempre me sacaban una sonrisa.

—No me ocurre nada, tía. Tus poderes deben de estar menguando…—Mentí. Me encantaba picarle y a ella que lo hiciese, aunque siempre frunciese el ceño aparentando estar ofendida.

—Está bien, está bien… Comprobemos si estoy en forma —amenazó. Apartó la taza de té a un lado y abrió la caja de madera dispuesta a tirarme las cartas. La dejé hacer y le seguí el juego. Nunca se lo reconocía, pero la mayoría de las veces acertaba en lo que me decía por mucho que yo intentase achacarlo a coincidencias.

Me pidió que le dijese un número y que cortase la baraja. Luego me hizo elegir uno de los dos montones y comenzó a dar la vuelta a las cartas. Maggy se puso muy seria conforme iban apareciendo las figuras, intentado averiguar qué era lo que las cartas querían que averiguase. Para mí solo eran una reina de copas, una sota de bastos, un tío del revés con cara rara, una torre y un esqueleto; pero mi tía parecía ver mucho más por los sonidos que emitía, y que por cierto, no eran nada esclarecedores.

—Mmmmm….Interesante…Ajá…Claro, claro… Vaya…

—Tía, deja de hacer ruiditos y dime algo, ¿qué tengo? ¿Póquer? ¿Escalera de color? — La burla hizo que por fin volviese al mundo de los mortales y me prestase atención.

—No digas tonterías niña. Las cartas me dicen que vas a conocer a alguien… —Señaló a la reina de copas —… Será una relación interesante, sí. Pero ojo, — Ahora señalaba la sota de bastos —, alguien hablará mal de ti o desconfiará… no sé muy bien que es lo que pretende…

—Pufff, pues vaya novedad, ¡pues no hay gente a la que le puedo caer mal!

—Calla —ordenó —, deja que termine. Veo cambios en tu futuro cercano, habrá problemas… pero de ti dependerá derribar los muros…

—Tía de verdad, me encanta cuando te pones así de misteriosa, pero no me aclaras nada — Me levanté para darle un beso en la frente y derramé sin querer su taza de té. El líquido vertido mojó una de las cartas del montón rechazado y que seguía boca abajo. Me apresuré a coger el paño para limpiar el desastre, temía una tremenda reprimenda, pero Maggy me agarró de la muñeca para que no lo hiciese y cogió con delicadeza la carta que había salido peor parada. Le dio la vuelta y la dejó junto a las otras: era el as de copas.

—Cariño—dijo con una sonrisa —, prepárate porque te esperan emociones fuertes.

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