mAdriZ

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Sí, mAdriZ, en minúscula y con la A y la Z en negrita, porque así es como lo veo, así es como me hace sentir cada vez que visito la ciudad. En minúscula porque empequeñece a todos los que la visitamos con sus grandes edificios, sus amplias avenidas, sus barrios residenciales y sus masificadas calles donde uno ya no sabe si las señales de tráfico son para los vehículos o los viandantes.

La A y la Z en mayúscula porque Madrid es el continente de todo (permitid que utilice el eslogan de amazon), de todo, como decía, lo bueno y lo malo de la sociedad, de la humanidad me atrevería a decir.

Sabéis que me gusta observar y Madrid es un caldo de cultivo para mis divagaciones, un caldo de esos que hacen que se te revuelva el estómago o que por otro lado te corrompe el alma y suscita la admiración o puede que, incluso, la envidia.

Solo tienes que pasear por sus calles abarrotadas durante un rato: diversidad en todos sus aspectos. Y no me refiero a la diversidad de razas, o la de opción sexual, ni siquiera a la diversidad de vestimenta (muy amplia, por cierto). Hablo de la diversidad social.

Puedes estar dando una vuelta por las grandes avenidas comerciales donde los escaparates de las firmas más conocidas destacan sobre las fachadas de edificios antiguos y emblemáticos (antiguos teatros, salas o incluso bibliotecas) y si se te ocurre girar el cuello más de la cuenta y observar la calle que cruza verás la otra realidad: mendigos tapados con sus cartones, o en el caso de ser un poco más afortunados, cubiertos con mantas mohosas y llenas de jirones acumulados durante años. Pero volvemos a colocar nuestro cuello en la posición que deseamos, esa que no nos permite ver la miseria y continuamos metiendo el hocico en los escaparates lamentándonos de no tener un poco más del milagroso “verde” para poder entrar y comprar el último modelo de reloj o el vestido que fue top en las pasarelas.

Ese es mi mAdriZ, ese en el que hacemos corrillo para ver a una pareja de cantantes de ópera, que por cierto, cantan de maravilla, esperando ser recompensados con unas pocas monedas. Y ninguno de los curiosos que escuchan se dan cuenta de que junto a la pareja, apoyada en la pared de un gran almacén hay otra mendiga, otra desesperanzada. Esta vez una mujer, bastante joven, tendrá unos cuarenta años. Está delgada y tiene las piernas atrofiadas, no es un truco, me fijo en ella con disimulo, no vaya a ser que se de cuenta de que la observo y me pida una limosna. Su mano está con la palma hacia arriba, pero sus ojos están perdidos en algún otro lugar lejos de allí, quizá en un gran teatro italiano donde desde un palco escucha las notas de los dos tenores callejeros.

La música cesa y la multitud se dispersa. Cuidado, la policía está cerca y los negros con sus mantas van a salir corriendo con sus bultos de falsificaciones a la espalda. Un peatón trastabilla al ser empujado por uno de ellos y suelta una retahíla de insultos entre los que escucho “Maldito negro, ojalá te pillen y te lleven a tu país”. Una mujer cerca de mí susurra: “Qué lástima, toda la vida huyendo”. Libertad de opinión, todo cabe en mAdriZ.

Si visitamos los lugares emblemáticos también tenemos de todo, desde la A hasta la Z. Es precioso, todos los edificios son majestuosos, no me canso de contemplarlos, la verdad. Aquí encontramos turistas (más diversidad), y te das cuenta de lo patéticos que somos (todos) cuando visitamos otros países comprando los típicos souvenirs que en muchos casos ni siquiera representan a esa tierra desde hace años o buscando la típica foto que todos los que han pasado por allí tienen.

En estos sitios se amalgaman de una forma tan natural que da grima los establecimientos más castizos con los que buscan meter el sablazo a los ingenuos turistas y también con los locales más chics frecuentados por la gente adinerada del momento. Y por supuesto, entre toda esta variedad, se camuflan las cuadrillas de ladrones a la espera de avistar algún viandante despistado al que arruinarle el día.

Este es mi mAdriZ, el que abraza a cualquiera, donde puedes ser como te apetezca o al menos intentarlo. El mAdriZ libre, de mente abierta que te muestra la realidad de la vida y que azuza las conciencias.

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