Podredumbre

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Al igual que los alimentos, los humanos también tenemos fecha de caducidad. No hablo de la muerte en sí, si no de la descomposición del alma, de la putrefacción de la bondad. Como ya he dicho en otras ocasiones no soy especialmente creyente en una religión, creo en la gente, en el poder del amor por cursi que pueda sonar.

Sin embargo, cada vez estoy más convencida de que todos tenemos una fecha de caducidad en este aspecto. Hasta el más bendito de los mortales tiene algún pecado que ocultar, una mancha en la piel que poco a poco irá marchitando el resto de la pieza. La diferencia está en cómo afrontamos estas pequeñas imperfecciones o marcas.

He visto cómo el paso del tiempo sumado a algún que otro revés en la vida, o malas decisiones han llegado a pudrir el interior de una persona hasta tal punto de que su único objetivo es contaminar al resto del frutero. El odio, la envidia o el egoísmo van royendo las entrañas del sujeto convirtiendo cada uno de sus órganos en papilla. Las moscas al ver una pieza débil y atraídas por su olor dulzón a descomposición comienzan a dejar sus larvas en el interior. Y esto tiene que salir por algún lado: más odio, más rencor hacia los demás, hacia aquellos que igual en otro momento amabas. La cuestión es arrasar y llevarse a alguien con ellos a la destrucción.

En cambio, hay otros individuos que también marcados por el tiempo y sucesos adversos se niegan a sucumbir al proceso de marchitarse. Intentan cercenar el trozo putrefacto escondiéndolo en lo más profundo de su ser para evitar contaminar al resto. Ocultan el hedor bajo perfumes de sonrisas, pero la podredumbre es imparable y finalmente acaba golpeando fuerte al individuo, que se doblegará y se verá obligado a vomitar toda su ira, a escupir su rabia aunque eso suponga mancharse los zapatos. Estos son los más fuertes, los que consiguen controlar la plaga, los que a pesar de notar el daño en su interior intentan salvar al resto del frutero. “Tengo que sanar, tengo que expulsar esta mierda, para que el resto de manzanas no se vean afectadas”, piensan con el sabor de bilis todavía en la garganta.

Para mí estas son las verdaderas buenas personas (o frutas), las que se niegan a corromperse a pesar de los daños sufridos, las que intentan ofrecer su lado más sabroso al resto sin tener en cuenta su fecha de caducidad, las que no claudican ante la adversidad, las que no culpan al resto de sus propios males.

Todos tenemos fecha de caducidad, un tope máximo de dificultades y de experiencias negativas que podemos soportar. Todos tenemos inquietudes y lados con sombras, pero ¿somos todos capaces de afrontarlas y de no rendirnos a lo fácil, a ver como poco a poco la mancha se extiende?

8 comments

  1. Ya se sabe que una sola manzana podrida puede pudrir todo el cesto. Y es algo que se aplica a grupos de individuos o, como bien haces aquí, a un único individuo. Hay que liberarse de las rémoras para que no contaminen, totalmente de acuerdo. No olvidarlas (son procesos de la experiencia), pero que no estén presentes de continuo.
    Nota: Por cierto, hago publicidad mía. Ya dijiste que te gustó mi entrada de la “Brigada sobrenatural”, el relato corto sobre el homicidio en la calle Cinco. He retomado la cuestión (personajes, ambiente, etc.) en Twitter, donde iré colgando entradas poquito a poco (diarias, en principio) 😉

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