Carcasas

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La humedad había entumecido sus huesos y los músculos tensados a la fuerza se quejaban mandándole punzadas de dolor insoportables.

El joven muchacho abrió los ojos, pero seguía rodeado de oscuridad. Intentó moverse sin éxito y ladeó la cabeza para ver qué era lo que le aprisionaba las muñecas, las piernas y la cintura.

Gritó y el eco se encargó de devolverle su alarido cargado de pánico.

Tic, tic, tic

Algo se acercaba. Dejó de respirar para escuchar e intentar averiguar qué era aquello que le acechaba.

Tic, tic, tic

Notó presión en las muñecas: algo o alguien estaba tensando los finos y translúcidos hilos que le amarraban.

Ya no se oía nada. De repente una enorme cabeza peluda llena de ojos brillantes y negros asomó por encima de su hombro derecho. No tuvo tiempo de gritar, la araña gigantesca mordió su abdomen y poco a poco fue chupándole las vísceras y la vida al mismo tiempo.

Al amanecer solo quedó una carcasa vacía, una más entre todas las que decoraban una majestuosa telaraña.

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