Lágrimas de purpurina

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—¿Por qué lo haces?, ¿por qué te empeñas en seguir? —preguntó la muchacha buscando una explicación que la ayudase a entender a su amiga.

Evelyn seguía sentada en la estrecha banqueta del gimnasio del colegio, con la cabeza escondida entre las rodillas. Levantó la vista ante la pregunta de una de sus mejores amigas y antes de responder se secó las lágrimas que corrían por sus mejillas.

—Porque lo necesito —dijo mientras se ponía en pie y cogía el aro que minutos antes había lanzado furiosa contra una de las taquillas —Tengo que irme o llegaré tarde a entrenar. Nos vemos mañana, Carola.

El cielo de tonos morados y grises estaba cubierto de nubarrones oscuros. Evelyn se puso la capucha e hizo caso omiso de las pequeñas gotas que empezaron a caer formando diminutas manchas oscuras en su sudadera gris. Se alegró de que el pabellón donde entrenaba su equipo estuviese tan cerca.

Aún así tuvo tiempo de repasar mentalmente cada paso de la nueva coreografía. Se visualizó realizando todos los movimientos, incluso se imaginó fallando aquellos que más problemas le daban. La pregunta de Carola retumbó en su cabeza: ¿Por qué lo haces?

Pensó en las punzadas que sentía en el tobillo después del último salto mal realizado, en la fustración que sintió cuando se le escapó una y otra vez el aro. ¿Por qué lo haces? Los rostros cansados de sus padres llenaron esta vez su mente. No sólo era su esfuerzo, también el de su familia: esfuerzo económico, horas de su escaso tiempo libre. Siempre a su lado, apoyándola.

¿Por qué lo haces?, volvió a preguntarse. Dedicación absoluta, eventos a los que tenía que renunciar por seguir entrenando y a los que iban el resto de niños “normales”. Y mucha disciplina, eso sí que era indispensable, disciplina y organización para que sus notas académicas no se resintiesen.

Evelyn cruzó las grandes puertas metálicas del pabellón y sacudió la cabeza para expulsar la dichosa pregunta de su cuerpo. Iba a entrenar, ya no podía permitirse el lujo de pensar en otra cosa que no fuese la música, el aro, sus músculos tensados, los saltos, la coordinación con sus compañeras, la gota de sudor que resbalaría por su columna, siempre recta, siempre perfecta.

Carola acudió a la competición tal y como le había prometido semanas atrás a su mejor amiga. Disfrutó del evento, de todas y cada una de las chicas que pisaron el tapiz, que deslumbraron con el brillo de sus mallots, la magia de sus sonrisas y la elegancia de sus movimientos. Y cuando vio a Evelyn subida en el podium lo comprendió, su pregunta tuvo por fin una respuesta: lágrimas de purpurina rodaban por sus mejillas enmarcando una amplia sonrisa de felicidad, satisfacción y superación.

11 comments

  1. Se confirma que este año has dejado de matar gente; es más, los personajes, en vez de palmar, ganan medallas y todo (a no ser que en el epílogo de tu escrito se rompa de repente el podio y se escacharren a la vez las tres vencedoras).
    Nos alegramos por Evelyn, es un deporte muy muy duro el que refieres.
    (No tan duro como las colas del parque acuático, pero duro al fin y al cabo)

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      1. ¿Será eso… o será que te has ablandado con la edad? Sí sí, con la edad transcurrida desde tu última matanza escrita y tus últimas entradas. Vale, es posible que tu ansia homicida esté hibernando (posiblemente hasta el próximo parque acuático), pero hasta que no veamos más sangre que purpurina, lo mantendremos en duda.
        (Sí, a veces nos ponemos picajosos. Menos que Vistinu, pero un poquito)

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