Alta traición

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Era él, estaba segura. Ese torso ancho, el pelo negro como su corazón y enmarañado como su alma, la nariz ligeramente puntiaguda: era él y acababa de entrar en ese bar.

Primero sus músculos se paralizaron y acto seguido una quemazón se ensañó con sus entrañas para poco a poco acomodarse en sus mejillas.

Hacía meses que se enteró de su traición y aunque su primer impulso fue enfrentarse a él y dejar brotar todo su odio, decidió aplacar sus instintos y dejarlo correr, ella no era así, prefería tener una baza bajo la manga.

Pero ahí estaba, el destino o la casualidad lo había puesto en su camino de nuevo y el sentimiento de traición volvía a azuzar todo su cuerpo.

Se apoyó en la fachada del bar y se encendió un cigarrillo mientras decidía si entrar y darle dos bofetadas, gritarle lo ruin que era o dejarlo pasar de nuevo. Los recuerdos se agolpaban en su pecho y se abrazó a sí misma en un intento de cerrarles el paso y no vomitar sobre la sucia acera todo el dolor que le había infringido.

Dió otra calada y mientras veía como el humo se arremolinaba frente a ella comprendió que solo quien puede te traiciona, solo quien tiene el poder de humillarte te traiciona, solo quien tiene tus deseos, pasiones, dudas, incertidumbres en sus manos puede traicionarte de manera tan vil.

Tiró la colilla y la aplastó con saña hasta destrozarla. No miró de nuevo la puerta del bar, apretó la mandíbula y continuó su camino: solo traiciona quien puede y con ella no iba a poder.

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