Bucles pelirrojos

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Era un colegio estricto de prestigioso nombre cuyas normas rozaban lo rancio. La profesora Willmar se presentó a sus alumnos el primer día de clase y acto seguido hizo la distribución.

Los dividió por parejas como marcaba la tradición, por orden alfabético. A Miriam le tocó con Surien, ella sería su compañera de pupitre, de asiento de autobús o de habitación en el caso de alguna excursión.

Miriam analizó con el rabillo del ojo a la que sería su sombra durante el resto del año: era guapa. Surien era una niña de ojos grandes y traviesos enmarcados por una melena larga de bucles pelirrojos que cubrían buena parte de su espalda.

Pronto odió esos bucles infinitos. Cada vez que Surien hablaba, se reía o coqueteaba con el gallito de la clase, se atusaba la melena o echaba la cabeza hacía atrás de forma teatral provocando que sus bucles perfectos golpeasen a Miriam en la cara o en el hombro: estaba hasta las narices de que le rozase con el pelo.

La verdad es que Miriam también odiaba tener que soportar las conversaciones insípidas y estúpidas de todos los seguidores de la popular Surien, que aprovechaban cualquier oportunidad para revolotear alrededor de su pupitre.

A mediados de curso la profesora Willmar convino que les vendría bien una visita cultural al museo Titium para profundizar en el arte barroco. Para ello tendrían que pasar cinco horas en autobús y hacer noche en un hotel.

Surien eligió el asiento que daba al pasillo para poder hablar con los compañeros con mayor comodidad.

Miriam se hizo un ovillo en su asiento y apoyó la frente en el cristal de la ventana intentando evadirse de su compañera, pero los bucles pelirrojos se lo impedían con cada roce, con cada golpe en su mejilla.

La visita al museo fue soporífera lo que acrecentó los comentarios absurdos de los pretendientes de Surien. Cuando llegaron al hotel y Miriam entró en la habitación el mundo le cayó encima: una cama de matrimonio, tendrían que compartirla y soportar sus ridículos bucles durante la noche.

Al día siguiente, mientras Miriam estaba sentada en el retrete, un grito desgarrador resquebrajó el silencio. Surien despertó cubierta de bucles pelirrojos cercenados que salpicaban las sábanas inmaculadas.

Miriam ahogó una risita y tiró de la cisterna.

20 comments

      1. No no, a quién no entendéis los demás realmente es a la pobre Surimi (Boca de mar para los amigos) o como se llame. En realidad era un niña tímida, introvertida, que se veía incapaz de entablar meras conversaciones y, ni mucho menos, digna de llamar la atención de nadie. Pero Muslito de mar, un buen día, descubrió que, a través de ese pelo que Dios (Poseidón en su caso, o Neptuno si te tiran más los italianos) le había dado, conseguía que los demás se fijaran en ella por primera vez, y descubrir esa sensación, que no eres invisible, que realmente puedes ser parte de algo, es inenarrable hasta para un palito de cangrejo como ella. Sabiendo que todo aquel mundo nuevo tan agradable existía gracias a su melena, es normal que no dejase de moverla; pero no se trata de soberbia, sino de inseguridad: debía saber en todo momento que esa llave que le abría las puertas seguía ahí, y el reflejo de mover esos bucles cada dos por tres era para comprobar su existencia, ya que tan solo se debía al miedo de que esos rizos ya no estuvieran. Lo sentimos, pero aquí la matasueños, mataesperanzas, mataautoestima y matacosas en general es la tita Miriam.
        Pobre Surein… digo, Surimi.

        (Parece que este comentario se ha convertido en la precuela de la entrada, ¿no? No ha sido intencionado, pero ya que estamos en harina, te invitamos a rebautizar tu post como ‘Bucles pelirrojos II’ y seguir participando con “Bucles pelirrojos III: la venganza de las proteínas de pescado”).

        Le gusta a 1 persona

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