La herencia: Nuevo proyecto

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Como todos sabéis y he dicho muchas veces soy “un ansia viva” y no puedo evitar compartir todo aquello que emprendo. No sé si es buena idea o no mostrar algo que todavía no está finalizado, pero en este caso me pasa como a Israel y necesito conocer vuestras opiniones y críticas: eso me ayuda a continuar y a mejorar. Así que aquí os dejo el comienzo de mi nuevo proyecto, una novela de humor ácido con protagonistas femeninas que aunque ya está bastante avanzado tengo mucho por pulir y desarrollar.

Por cierto, para aquellos que se interesaron por Condenado aviso: la historia se va complicando y los personajes están desarrollando su carácter de manera increíble.

 

—Hija, podrías haberte maquillado un poco por lo menos. Estás que das pena.

Bendita sinceridad la de las madres. Dicen que a ellas hay que perdonárselo todo, pero si volvía a hacer algún comentario sobre mis ojeras o mi pelo acabaría cortándole la lengua. Le advertí con una mirada asesina y mi hermana tuvo que ahogar una risita burlona.

En solo tres semanas mi vida había sufrido cambios radicales: mi marido me había dejado por una colombiana de cintura de avispa y trasero respingón y mi padre había fallecido en un accidente de trabajo. Esos acontecimientos también habían influido en las dos personas que se sentaban junto a mí en la mesa del notario.

Mi madre interpretó mi separación como la confirmación de su teoría en la que todos los hombres eran unos sinvergüenzas. La muerte de mi padre, del que estaba separada hacía dos décadas, corroboró tal afirmación  ̶ según ella el muy idiota la había abandonado dos veces: la primera por una mujer y la segunda, veas tú, para morirse̶     y además, le recordó que se estaba haciendo mayor y que también podía fallecer en cualquier momento.

La mujer de mi izquierda, que esperaba aburrida a que el señor notario se dignase a atendernos era mi hermana pequeña, la modelo. A pesar de su apariencia frívola quería pensar que en algo le había afectado todo aquello.

—Joder —bufó—. Llevamos más de veinte minutos en este despacho rancio y yo tengo cosas que hacer —se quejó mientras dejaba el teléfono de golpe sobre la mesa.

—Si ya os dije yo que no teníamos que haber venido —intervino mi madre—. Seguro que nos ha dejado algún pufo. Mi amiga Mari Carmen me ha dicho que lo mejor en estos casos es no abrir el testamento y renunciar a la herencia.

—Mamá, tú siempre tan “positiva” —la reprendió mi hermana.

Deseé con todas mis fuerzas que el notario cruzase la puerta antes de que mi madre comenzase a maldecir a los hombres y en especial a mi padre. La puerta seguía cerrada, no vino nadie en mi rescate.

—Yo estoy aquí porque quiero acompañaros en este duro trance, pero vamos, que vuestro padre estaba canino y en el caso de que hubiese conseguido ahorrar algo ya se lo habría gastado.

—En eso estoy de acuerdo —apuntó dolida Claudia y me miró inquisitiva—. ¿Y tú no dices nada? ¿Qué crees que habrá en el testamento?

—La verdad es que me importa una mierda. Solo quiero acabar con esto —dije volviendo a posar mi atención en el reloj plateado que colgaba sobre la pared.

—Ay, hija. Entre lo pesimista que estás y tus ojeras dan ganas de morirse solo con verte.

Menos mal que en ese momento la puerta se abrió porque si no hubiese cometido un parricidio con premeditación y alevosía. Esperaba encontrarme con un hombre más cercano a la mediana edad, con sus canas y su barriga prominente a causa de una vida dedicada al trabajo sedentario, pero el chico que entró era todo lo contrario: alto, esbelto, guapo y muy, muy joven.

Vi con el rabillo del ojo cómo mi hermana se atusaba la melena y adoptaba una pose mucho más cuidada que la que tenía hacía un momento con un pie bajo la nalga y la cabeza apoyada sobre la mano. Puso su espalda recta y sacaba pecho con disimulo.

—Buenos días. Lamento el retraso —se disculpó el joven notario—. Tenía que solventar unos problemas con una sentencia de divorcio…

—¡Ufff, con los divorcios hemos topado! —interrumpió mi madre.

Le propiné un puntapié por debajo de la mesa. El notario hizo como que no había visto nada y continuó:

—Lo primero que tengo que preguntarles es si continúan decididas a conocer el testamento con los derechos y obligaciones que ello conlleva —Asentimos con la cabeza—. En ese caso procedamos.

El notario, don Ignacio Arjuán Benítez  ̶ ese era el nombre que constaba en los remitentes de las cartas de citación ̶  comenzó con la perorata para comprobar los datos de los presentes y todo ese rollo previo, pero mi mente había desconectado. La única que parecía súper interesada era Claudia que miraba embobada al chico. Cuando oí la palabra “voluntades” regresé al mundo de los mortales intentando retomar el hilo del discurso.

»Así pues, don Eusebio García Salpicón ha decidido en plenitud de facultades que: La cantidad total depositada en la cuenta de ahorro del Banco Izquierdo, la cual asciende a setecientos mil euros, sea heredada por sus dos hijas a partes iguales…

¿Estaba escuchando bien?, ¿setecientos mil euros? El notario seguía hablando con total naturalidad sin darse cuenta de nuestros rostros ojipláticos. Mi madre, como no, fue la encargada de interrumpirle:

—A ver, a ver. Espere un momento. ¿Acaba de decir setecientos mil euros?, ¿no se habrá confundido?

El notario levantó la vista de los folios, no sin antes hacer una pequeña marca en el papel para no perder la continuidad:

—Sí, señora. Setecientos mil euros.

—Eso no puede ser —intervine—. Mi padre era un simple operario y estaba más bien pelado.

—Tengo entendido, señorita, que su padre ganó un premio de lotería. Fue en ese momento cuando realizó testamento. Parece ser que destinó una gran parte del premio a esta cuenta bancaria.

Las tres nos miramos incrédulas. Desconocíamos todo aquello y asimilar que íbamos a recibir esa gran suma de dinero de un padre al que creíamos desapegado por completo de su familia nos dejó heladas. Aquello derrumbaba todas las teorías de mi madre: “Siempre hay una excepción que confirma la regla”, diría si su gesto contrito por la sorpresa se lo permitiese.

—¿Puedo continuar? —preguntó Ignacio ante nuestro silencio—. Bien. Prosigamos.

»Punto dos: El testador otorga a su ex mujer un apartamento en la localidad de Denia para su uso y disfrute sin menoscabo de la posible venta. Además también le cede la cantidad de cincuenta mil euros a modo de agradecimiento…

—Pare, pare —interrumpió de nuevo mamá—. ¿Dónde está la cámara oculta? —preguntó haciendo aspavientos y mirando cada rincón de aquella sala.

—Señora esto es muy serio…

La voz del notario denotaba fastidio por tanta interrupción, pero mi madre continuó:

—¡Pero si mi marido solo pensaba en sí mismo! —exclamo alzando los brazos.

Mi hermana, que había permanecido en estado de shock hasta el momento  –no sé si por los encantos del notario o por la cantidad de dinero– por fin articuló palabra:

—Todos tenemos derecho a cambiar, mamá. Dejemos que este señor termine su trabajo y luego ya debatiremos sobre la condición de papá.

Ignacio agradeció las palabras de Claudia y continuó con la lectura. Ya no le prestábamos atención. Cada una, a su manera, estábamos sumidas en una turba interior.

—Firmen aquí y aquí si están conformes —indicó el notario sacándonos de nuestros pensamientos—. Tramitaré la documentación necesaria y a finales de semana podrán reclamar y hacer uso de su herencia.

Antes de abandonar el despacho de abogados Ignacio se despidió de nosotras de forma cortés, aunque se explayó más con mi hermana a la que entregó su tarjeta y se ofreció a atenderla si necesitaba cualquier tipo de asesoramiento. Ella le dedicó la mejor de sus sonrisas y le anotó en la mano su número de teléfono. Chasqueé la lengua ante tal dispendio de armas seductoras. Esta chica no perdía ni una oportunidad y no es que le faltasen pretendientes. Aunque trabajaba como modelo de catálogos a nivel autonómico lo cierto es que no le iba mal. La muy capulla había heredado los mejores genes, cómo la odiaba.

En el humilde salón de la casa de mi madre empezamos a asimilar todo lo que había sucedido. Claudia sacó una cerveza del refrigerador y se sentó en el suelo frente a nosotras:

—Entonces, ¿somos ricas?

Mi madre se puso a llorar.

—¡Ay hijas! Toda la vida pensando que era un gañán, que lo era, lo era —Se lamentaba—. Y ha tenido que morirse para hacer algo bueno…

Explotamos en una sonora carcajada. La escena era tan dramática como cómica y llevábamos demasiada tensión acumulada que teníamos que sacar de alguna manera.

—Saca algo fuerte —pedí a Claudia—. ¡Brindemos por papá!

16 comments

  1. ¿Te habré contagiado yo el síndrome de “lo enseño o me da algo”?😂😂😂
    Esto tiene muy buena pinta, arranca bien, asumes riesgos y el panorama en la notaría es bien pintoresco. Tiene frescura y descaro. El humor es muy complicado. Mucho. Más que cualquier otro género. Dale caña. Y arriesga, ¡hay que sorprender!

    Le gusta a 1 persona

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