Pánico

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La bañera está preparada, llena de espuma como le gusta a la pequeña Mirta. Ya empieza a hacer frío y por eso Ruth, su madre, ha tenido la consideración de encender el calefactor unos minutos antes de empezar a desvestir a la niña.

El único cuarto de baño con bañera está en el piso superior de la casa, por eso prácticamente está en desuso: la familia prefiere utilizar el que está cerca del salón. Los días han comenzado a acortar y los últimos rayos de sol se difuminan en los cristales del pequeño ventanuco a pesar de ser solo las seis de la tarde. La única bombilla encendida en toda la casa es la del aseo, el resto sigue entre penumbras.

Las risas de la niña y el chapoteo llenan la estancia hasta que la puerta, entreabierta hasta el momento, se cierra de golpe como si una fuerte corriente de aire la hubiese empujado. Mirta suelta un gritito al asustarte con el ruido sordo que emite la puerta y aunque Ruth la tranquiliza con palabras suaves comienza a sentir un desasosiego irracional.

Va hacia la puerta sacudiéndose el miedo que se ha instalado en su piel. La abre despacio y asoma la cabeza. Todo está oscuro, pero justo antes de encender el interruptor de la luz del pasillo le parece ver algo: un bulto se arrastra rápido hasta meterse en el cuarto de la niña. Con manos torpes enciende el interruptor y sacude la cabeza, desconcertada. Todo debe ser producto de su imaginación puesto que no hay nada, piensa para tranquilizarse, aunque no es capaz de terminar de comprobarlo yendo hasta el cuarto de Mirta.

Al volverse hacia la niña se da cuenta de que siente un extraño dolor de cabeza y que se le ha erizado la piel. Algo va mal, lo presiente. Intenta actuar con normalidad para evitar asustar a la pequeña, pero la saca de la bañera antes de lo que Mirta desearía. Empieza a secarla con la toalla y en ese mismo momento las luces parpadean.

El dolor de cabeza va en aumento obligándola a entrecerrar los ojos con un gesto de dolor. Agarra a la niña en brazos, todavía enrollada en la toalla y con el pelo goteando. La puerta del baño continúa entreabierta. Con la respiración agitada se dispone a girar el pomo y nota que le tiemblan las manos.  Ya están fuera y comienza a bajar las escaleras.

Algo las golpea. La niña no ha notado nada, pero Ruth lo ha sentido: algo ha pasado junto a ellas y ha golpeado su brazo izquierdo. Siente frio y se queda bloqueada, anclada en el tercer escalón. Algo está subiendo. Puede verlo a pesar de no ver nada. Cada paso que da ese ser emborrona el ambiente, como si fuese transparente pero al moverse provocase unas ondas invisibles. La niña comienza a impacientarse con la actitud de su madre, pero Ruth sigue paralizada. Siente miedo, verdadero terror. A pesar de no entender nada de lo que está sucediendo su cuerpo le manda señales de peligro. En su interior sabe que su hija corre peligro, lo intuye.

La figura sube otro escalón y comienzan a perfilarse sus rasgos. Las luces se apagan de golpe quedando a oscuras unos pocos segundos.

Parpadeo: una boca jadeante se acerca.

Oscuridad.

Parpadeo: un largo cabello blanco roza la mejilla de la niña.

Oscuridad.

Parpadeo: unas manos huesudas con largas uñas se clavan en el brazo de la pequeña desgarrando su tierna piel.

Ruth da un alarido de verdadera angustia provocando el llanto de su hija. No puede tragar y respira con dificultad. Se da cuenta de que los largos dedos de ese ser aprietan su garganta, puede oler su podredumbre. De repente regresa la claridad y la presión en su cuello aminora. Ruth mira a la niña, que aún sigue en sus brazos y la mira con ojos llorosos sin comprender lo que está sucediendo.

—Mamá, mamá, ¿estás bien? — dice una voz que la devuelve a su habitación de paredes amarillentas.

—¿Mirta?, ¿eres tú, cariño mío? Tranquila mi niña, mamá nunca dejará que te lleven —asegura Ruth con voz trémula mientras un hilillo de baba desciende desde la comisura de sus labios hasta el cuello de la camisa.

Mirta se gira hacia la auxiliar del centro psiquiátrico que espera con gesto de hastío a que la paciente por fin se tome su dosis diaria:

—Deme, ya se las doy yo, puede irse.

Las paredes de la habitación comienzan a hacer ondulaciones y las luces titilan. Los ojos de Ruth se abren hasta un punto inverosímil: sus pupilas entran en pánico.

 

11 comments

    1. Gracias, Lidia. Es alucinante como una idea bombardea tu cabeza y parece tan nítida y luego lo difícil que resulta plasmarla en “papel”. Sentí miedo escribiéndola porque yo tenía muy clara la escena, pero dudaba poder trasmitir esa emoción.
      Besacos, Lìdia con tilde abierta!

      Le gusta a 1 persona

  1. Escalofriante! Y el giro final descoloca totalmente y rompe con ideas que se va haciendo uno en la mente conforme lee (el radiador y la bañera del principio, por ejemplo…). Me ha encantado la “medición” del tiempo mediante parpadeos, que dan un ritmo frenético 🙂

    Le gusta a 1 persona

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