Perfectamente imperfecto

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El humo del cigarrillo se escapaba por la estrecha apertura de la ventanilla del coche. Fuera comenzaba a nevar y los pequeños copos que caían sobre la luna delantera se derretían al resbalar por la lisa superficie del cristal. Lorein dio otra calada evitando el contacto visual con Alfredo. Le rozó la rodilla y le cogió con suavidad del mentón para obligarla a que le mirase a los ojos. Una nube de humo se interpuso entre sus caras.

—De verdad, Lorein, no sé por qué te gusto— dijo Alfredo mientras acariciaba con su pulgar los labios de ella.

Lorein parpadeó deseando no caer en el embrujo de sus ojos. Pensó en sus olvidos y despistes. Recordó su estridente risa, esa que hace girarse a todos los clientes del bar. Observó sus incipientes arrugas junto a sus ojos, esas que se marcaban con más intensidad cuando se interesaba por cualquier cosa que ella contase.

Su cerebro también le rememoró su gesto de lascivia cuando miraba a otras mujeres y cómo se lo devolvían ellas. Se acercó un poco más a su cara y su olor le trasportó a las noches de pasión bajo las sábanas. Pudo notar en su garganta el sabor del deseo.

Ese hombre la sacaba de quicio.

Alfredo seguía esperando una respuesta. Lorein le cogió la mano que reposaba en su rodilla y acarició cada uno de sus dedos maltratados por años de trabajo y le dio la única respuesta posible:

—Porque eres PERFECTAMENTE IMPERFECTO.

 

Imagen Flickr –Nicolás Guarín

 

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