El amigo

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No se conocían de nada, pero cuando Ismael le preguntó si podía llevar a un amigo a su fiesta de cumpleaños no le importó: “Claro, trae a tu amigo, es tu casa. No hay problema”, le dijo.

No fue una fiesta de música y confeti, ella prefería una buena charla mientras degustaban una cerveza o un gintonic. No pudo apartar la vista del amigo de Ismael. No era especialmente guapo ni atractivo, pero había algo en él que la atraía, que le hacía sentir una corriente eléctrica por todo su cuerpo.

El amigo se disculpó para ir al baño y ella decidió que era el momento de ir a por la tarta: “No te preocupes, Juan. Ya me apaño sola”, le dijo a su novio que se levantaba para ayudarla.

Esperó a que el magnético amigo abriese la puerta del baño y, sin miramientos, se abalanzó sobre su cuello. No puso resistencia, él también había sentido los mismos instintos primarios, los mismos deseos apasionados.

Desesperados por sentir la palpitante y sudorosa piel se arrancaron la ropa. Sus lenguas nerviosas se entrelazaban una y otra vez. Con un rápido movimiento y casi sin esfuerzo la sentó sobre el frío marmol de la pila y ella le tiró del pelo para atraerlo entre sus piernas.

Desbocados, eran dos animales desbocados.

Luisa abrió los ojos. Estaba en su cama, junto a su novio: todo había sido un sueño, un plácido sueño.

Esa misma noche celebró su cumpleaños. Sus piernas temblaron al ver sentado en el sofá de Ismael a un invitado “desconocido”.

—Espero que no te moleste, Luisa. He invitado a un amigo.

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