La cura

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El sol comenzaba a esconderse y los escasos rayos ambarinos que bañaban la estancia empezaban a ser insuficientes. Mirlok alzó la vista del último libro que había ojeado y lo apiló sobre el resto de tomos. Lo único que tenían en común eran sus lomos desgastados y raídos por el tiempo. 

Se concentró en las motas de polvo que flotaron al dejar caer el libro con más fuerza de la debida por culpa de la decepción. Parecían interpretar un baile lacónico y se dejó llevar por ellas. 

El ambiente allí abajo era húmedo y denso y la luz natural escasa aún a mediodía. Cada vez le costaba más seguir a las dos motas de polvo puesto que el rayo de sol que las conducía y que hacía posible que las viese iba apagándose.

Se secó el sudor con la manga y encendió una de las velas medio consumida la noche anterior. Las motas habían desaparecido. Se preguntó si estarían besándose a hurtadillas sobre la tapa de otro libro.

Los párpados le pesaban, pero se obligó a mantenerse despierto. Miró la última estantería por revisar intuyendo que allí, en la literatura de ficción entre dragones, princesas y magia, no encontraría la respuesta que buscaba, pero tenía que intentarlo: la vida de su mujer dependía de ello.

Una sombra recorrió la pared haciendo que se sobresaltase e instintivamente miró hacia el ventanuco: “Algún animal o un pájaro quizá”, pensó intentando convencerse sin éxito. Miró de nuevo el último estante y en ese preciso momento uno de los libros cayó al suelo produciendo un ruido sordo al golpearse contra la alfombra.

Se arrodilló para recogerlo con una mezcla de curiosidad y aprensión. Su título, “Savia impía” le era desconocido, pero algo en su interior le dijo que ahí encontraría la cura para su esposa. Se acomodó de nuevo en su escritorio y comenzó a leer.

Al cabo de tres horas Mirlok, con una sonrisa de satisfacción, apagó la llama de la vela con sus propios dedos y a tientas en la oscuridad salió emocionado en busca de su mujer.

—¡Lo tengo! ¡Tengo la cura! —gritaba subiendo los escalones de dos en dos—.¡Tengo la cura, querida!—anunció al entrar a su alcoba.

Pero ya era demasiado tarde: la mujer tendida en la cama con la piel amoratada y los ojos abiertos había exhalado su último suspiro. En su frente tres letras ensangrentadas habían sido marcadas a cuchillo: FIN.

12 comments

  1. Me he quedado ojiplático en varias ocasiones. Por supuesto, de forma muy agradable:
    -Las motas en el rayo de sol y “besándose” en el libro. Magnífica imagen.
    -La sombra y el libro que cae, que añaden un toque onírico muy adecuado para el ambiente.
    -El final, evidentemente. Brutal y surrealistamente literario. Todos somos personajes en el Gran Teatro del Mundo, a fin de cuentas 😉

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