Condenado XI

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Por si te lo perdiste: I II IIIIVVVIVIIVIIIIXX

 

— ¿Puedo pasar, Gobernador?

Price alzó la vista de los documentos que revisaba y que le estaban produciendo una terrible jaqueca.  Aceptó el puesto de Gobernador en aquella lejana isla con la esperanza de ganarse la confianza de la Corona, convencido de que sería una tarea fácil la de repoblar unas tierras que a priori parecían fértiles y ricas. Nada más lejos de la realidad: había que alzar una ciudad de la nada, y lo peor era la falta de mano de obra y la larga distancia que los separaba de la nación.

Hizo pasar a la muchacha con un gesto de la mano y se esforzó por mostrar una sonrisa afable. No podía evitar pensar en un pequeño ratón asustado cada vez que la veía. Habían elegido bien: era una joven dócil, temerosa y sumisa.

—Por supuesto. Pasa y toma asiento —ofreció cortés.

La joven tomó asiento frente a él, pero intentó evitar su mirada. Sus diminutos ojos azules y su nariz afilada le producían una extraña desazón motivada además por los rumores que había oído sobre su persona:  era un hombre frío que no dudaba en aplicar con mano dura los castigos necesarios para que imperase la ley.

—Y bien, Rose, ¿tienes algo que decirme o solo te apetecía verme? —preguntó sarcástico Price.

La muchacha se obligó a dejar de mirar sus manos temblorosas y posó la vista en el comandante:

—Sí, señor. Solo… —carraspeó—. Solo me preguntaba cómo es mi futuro marido, señor. —De nuevo deslizó sus ojos hasta sus rodillas.

La gran carcajada que soltó el Gobernador llenó el despacho e hizo que se sonrojara.

—No te preocupes, querida —dijo mientras volvía a recobrar su gesto serio de Gobernador—. El comandante Brett es un buen hombre. Estudiamos juntos y confío plenamente en él. Es un hombre recto que no duda en hacer lo correcto siempre en beneficio y protección de los intereses de la Corona.

El gesto triste de la chica mostraba su decepción por no obtener respuestas sobre las cualidades que le interesaban, pero el Gobernador no tenía tiempo para romanticismos y mucho menos para complacer a una chiquilla cuya única función era la de premiar al comandante y hacerle más placenteros y cómodos sus días en la penitenciaría. Ya era hora de que tuviese a su propia mujer y no se viese obligado a retozar con esas salvajes o a saber con quién saciaba sus instintos más primitivos. Price sacudió esos pensamientos de su cabeza y dio por concluida la conversación:

—Querida Rose, el comandante Brett estará muy complacido de tenerla a su lado. Pronto lo conocerás. Ultima los preparativos para la marcha, mañana mismo partiremos. Eso si termino con todo este papeleo. Así que si me disculpa…

Rose entendió el mensaje: no iba a sacarle más información. Se puso en pie y con una pequeña inclinación de cabeza salió de la estancia.

Odiaba a su padre, tan ambicioso que había sido capaz de vender a su hija por una silla en el Consejo Real. Su madre quizá aún era peor. Ni siquiera le motivaba el poder, su única preocupación era su propia comodidad y bienestar.

Sin embargo ella… Ella era tan culpable como sus progenitores por no rebelarse ante el futuro que le habían impuesto, pensó. Aunque eso supusiese viajar hasta el otro lado del mundo para casarse con un desconocido. En su interior sabía que no volvería a pisar las calles de Londres, no volvería a compartir intensos debates con su indomable prima Druna, no volvería a pasear junto a Rox, su fiel amigo de cuatro patas y tampoco volvería a perderse entre los puestecillos del mercado de invierno.

Se preguntó si su madre pensaría en ella mientras compartía té y pastas con alguna noble de apellido rimbombante en los frescos jardines de palacio. Seguro que no derramaría ni una lágrima. Al menos su padre había sido sincero: “ Tienes que hacerlo por el bien de la familia, hija. Algún día tu hermano heredará tierras y con suerte, un título de prestigio”, le dijo.

Su hermano, aquel descerebrado que tantos quebraderos de cabeza había causado a sus padres, iba a ser el verdadero beneficiario de su destierro llamado matrimonio. Siempre fue un chico belicoso, deseoso de meterse en bullas para mostrar su valentía y, al mismo tiempo su falta de seso.

Un oficial de la guardia del Gobernador entró sin anunciarse en la alcoba:

—Señorita, ¿tiene el equipaje listo? —preguntó—. Tengo órdenes de llevarlo todo al carruaje. El Gobernador desea partir a primera hora de la mañana para evitar las horas más calurosas.

Rose hizo un mohín de tristeza y señaló el arcón forrado de ante morado y tachones  dorados que había junto a la cama.

—Puede llevárselo, oficial. Eso es todo.

 

CONDENADO

4 comments

  1. Vaya, llegarán nuevos personajes a la isla tal y como prometiste.
    Me gusta mucho la frialdad que transmites sobre los padres de Rose. He leído muchas novelas de época y siempre me han conmovido estas pobre muchachas que son dadas por los padres sin ningún pudor para beneficio de la familia. Claro que en el contexto y época donde sitúas la novela es lo natural, menos mal que por lo menos hoy en día elegimos a los maridos jajaja…
    Estoy deseosa de ver cual será el destino de Rose y como enlazarás eso a los acontecimientos del penal donde quedan Kyle y Scott.

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  2. Sí, muchas veces al leer este tipo de novelas me he transportado a la época y pensaba lo difícil que sería para mujeres con carácter 😉
    A ver qué pasa con Rose en la cárcel…😊

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  3. Cambio de escenario que nos aleja de las cuitas de los pobres críos condenados y nos lleva a otra muchacha… igualmente condenada. En este descorazonador texto se pone bien a las claras el mercadeo que con las hijas aún se sigue llevando en muchos lugares del planeta (recomiendo encarecidamente “Parched”, penosamente traducida como “La estación de las mujeres”, sobre la situación femenina en la India). Por suerte, esto es ficción, así que en el horizonte vemos un romance entre dos personajes (o no, yo qué sé 🙂 ) que los salvará de tan funesto destino…
    Solo una nota: En “señor —De nuevo “, punto tras “señor” 🙂

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