La Piedra de la Sabiduría II

Publicado por

Por si te lo perdiste: I

Yamir miró una y otra vez por el retrovisor del jeep para comprobar que no le seguía nadie. Con el rabillo del ojo echaba vistazos a su mochila, allí estaba la solución a todos sus problemas: una piedra. No pudo evitar soltar una carcajada. “Una miserable piedra. Quién me iba a decir que después de los expolios que he cometido en templos, tumbas y palacios lo que iba a sacar mi culo de la pobreza iba a ser una piedra”, pensó.

Volvió a comprobar que era el único vehículo que transitaba por esa carretera de tierra y decidió apearse en un lateral. Sacó el teléfono de la mochila no sin antes acariciar el pulido pedrusco y pudo notar que estaba caliente.

—Señor Vaner, tengo lo que buscaba — anunció sin dejar de mirar su trofeo.

Gute Arbeit, señor Bauer. Reúnase conmigo esta noche en el hotel Marriott y le daré su recompensa —  dijo antes de colgar el teléfono. Su voz era tan neutra que resultaba imposible adivinar cualquier rastro de emoción.

Yamir guardó de nuevo el teléfono y la piedra y arrancó el motor del jeep. Justo en ese momento escuchó un silbido y de repente un intenso dolor en el hombro: un dardo le había atravesado de parte a parte y le impedía mover el brazo. Su camisa comenzó a teñirse de escarlata.

Reaccionó lo más rápido que pudo. Vio por el retrovisor cómo se acercaban dos todoterrenos negros de alta gama. Sin pensarlo tiró de uno de los extremos del dardo y lo extrajo de la piel con un grito de dolor. Lanzó la saeta al asiento trasero y arrancó el jeep.

Los coches se acercaban cada vez más por mucho que apretase el acelerador. Tenía que llegar a algún sitio con gente, a poder ser con turistas, quien quiera que fuesen sus perseguidores no se atreverían a atacarle delante de los extranjeros. Pensó con celeridad qué atracción turística quedaba más cerca de su posición. Sin duda, la mejor opción era el Qutab Minar, que en esas fechas estaba lleno de turistas con cámaras de fotos.

Yamir vio por uno de los espejos retrovisores cómo la ventanilla de uno de los todoterreno se abría para que un hombre sacase medio cuerpo del vehículo. Sabía lo que eso significaba, iban a volver a dispararle. El hombre llevaba un turbante morado y una poblada barba. Su piel era oscura. Aquello le asombró: no era normal que la gente hindú condujese ese tipo de vehículos, sin duda se trataba de alguien con poder adquisitivo.

El todoterreno quedó a la altura del jeep, solo un par de metros le separaban del tipo que sostenía en sus labios una especie de cerbatana. Yamir no lo pensó y dio un bandazo golpeando el lateral del todoterreno y haciendo que el hombre perdiese el equilibrio y cayese hacia atrás empujando al conductor. El coche se salió de la carretera y chocó contra un árbol.

El dolor del hombro se estaba volviendo insufrible. Yamir sentía un hormigueo que le recorría el brazo herido y que evidenciaba el uso de veneno en el dardo. La vista se le empezaba a nublar. Tenía que llegar al minarete lo antes posible ya que todavía le perseguía uno de los coches.

El tráfico comenzó a ser más denso indicando que se aproximaba a su destino. Adelantó a un autobús de una compañía inglesa dejando atrás el todoterreno. Los ojos se le empezaban a cerrar. Aparcó a un lado de la carretera obviando las señales de prohibición. Cogió la mochila y metió también el dardo que había estado dando tumbos por el suelo durante el trayecto. Salió corriendo hacia el monumento para camuflarse entre la gente. Tenía la manga de la camisa empapada de sangre y sudor así que hizo un esfuerzo y se colgó del hombro herido la mochila para intentar disimular la mancha rojiza.

Miró hacia atrás: dos hombres ataviados con el mismo turbante que el de la cerbatana esquivaban a la multitud y miraban para todos los lados. Todavía no le habían visto. La base del Qutab Minar estaba rodeada de curiosos que se hacían selfies mientras sonreían y ponían cara de asombro. Yamir se dirigió hacia allí. Se fijó en una mujer que, al parecer, viajaba sola. Quizá ella podía sacarle de aquel aprieto.

Los hombres que le perseguían se estaban aproximando, tenía que hacer algo para que pasasen por su lado y no le reconociesen. Yamir agarró a la mujer por el brazo y le susurró “Ayúdeme” antes de empotrarla contra la base esculpida del minarete y besarla con pasión. La mujer puso resistencia pero Yamir la agarraba con fuerza de la cintura, hasta que notó que se dejaba llevar y aminoró la presión. Los hombres del turbante pasaron de largo.

1706142608140.barcode2-150.default

5 comments

  1. Y sin comerlo ni beberlo, nos metemos en una persecución frenética… que ya se adivinaba iba a pasar en el fragmento anterior, con esas referencias a Indy 😀
    Bien narrada, con pulso, dando sensación de rapidez y con un final que parece introducir a la coprotagonista…

    Le gusta a 1 persona

    1. Jaajjjjj No te pierdas, Carolina!
      Solo hay (de momento) dos historias que voy subiendo cada semana. Los lunes Condenado y los jueves esta, la de la Piedra, que como ya he avisado a otros lectores tiene que ver con Deseo Vivir…

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s