Deseo vivir

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Mercedes se quedó en Babia mientras sus dos hijos, su marido y su nieta le cantaban Cumpleaños Feliz. Contó las velas: cuarenta y siete. No se habían dejado ninguna. Concentrada en las pequeñas llamas intentaba discernir en qué grupo de edad se encontraba. ¿Estaba en la mediana edad?, ¿ya podía considerarse vieja?. Estaba convencida de que joven no era por mucho que estuviese de moda eso de que “los cuarenta son los nuevos treinta”. ¿Quién habría inventado semejante estupidez?, pensó. Seguro que el mismo que inventó eso de “viejoven”. No, ella era mayor, según la media de longevidad  estaba en la mitad de su ciclo vital, eso siendo positivos porque igual yendo hacia la panadería tropezaba con tal mala pata que se desnucaba contra el bordillo de la acera. Nunca se sabe.

Las voces de su familia cesaron. Era el momento de apagar las velas y pedir un deseo. Mercedes repasó las caras de los presentes. Todos estaban sanos y tenían más o menos unas buenas vidas, estaba orgullosa de ellos. Sus cuarenta y siete años merecían un deseo egoísta: “Deseo vivir”, pensó mientras apagaba todas las velas de un soplido coreado por un efusivo aplauso.

Carolina, su nieta, miraba ansiosa la tarta de chocolate y pizcó un poco de merengue con su pequeño dedito. Mercedes le dedicó una sonrisa y le sirvió una pequeña porción. Jaime, su hijo mayor, seguía hablando con su marido Esteban, sobre la última hazaña de su equipo de fútbol. Sofía, la hija menor, le guiñó un ojo a su cuñada para que sacase los regalos. La pequeña Carolina fue la encargada de entregárselos a la abuela.

Mercedes desenvolvió los paquetes con cuidado, intentando no romper el papel de color dorado, muestra de lo minuciosa y pulcra que era, como en todos los aspectos de su vida. El primer regalo era un bolso de piel, sobrio y serio. Estaba segura de que lo había elegido Jaime, era un regalo neutro y formal como su hijo. Agradeció el presente con una sonrisa y pasó a desenrollar el segundo: un neceser con productos de belleza; una crema hidratante para pieles maduras, un gel efecto lifting y un roll-on anti bolsas y ojeras. Sin duda su hija Sofía no había reparado en gastos para que su madre conservase una piel tersa y joven. Sin embargo para Merche los obsequios solo evidenciaban una cosa: era vieja, sobria, seria y sin chispa.

Volvió a pensar en su deseo: “Quiero vivir”. Miró a toda su gente y decidió que era el momento, ahora o nunca. Hinchó sus pulmones de aire y dijo:

—Voy a irme de viaje.

Las conversaciones cesaron para dar paso a un silencio incómodo. Todos la miraban. Sofía fue la primera en preguntar:

—¿Ah sí?, ¿y dónde váis pillines?

Esteban estaba descolocado, no tenía conocimiento de que su mujer estuviese organizando ninguna escapada.

—Pues no sé, hija—dijo mirando a su mujer—. No sé que sorpresa me habrá preparado tu madre.

Mercedes no quería mirarlo, no quería enfrentarse a la tierna mirada de su marido porque sabía que eso la debilitaría. Continuó hablando con la mirada fija en las velas, que habiendo cumplido su misión, habían quedado relegadas a una esquina de la mesa.

—No. He dicho que me voy. Yo sola.

Mercedes intentó explicarles lo que hacía ya tiempo le carcomía las entrañas. Intentó que comprendiesen que se sentía inútil, que los años habían ido pasando y la presión en su garganta cada mañana le indicaba que tenía que hacer algo en su vida. Ya se había dedicado a ellos durante todo este tiempo, lo había dado todo por su familia aunque eso supuso dejar sus aspiraciones y sus inquietudes en un segundo plano. No estaba quejándose ni recriminándoles nada, lo hizo y seguiría haciéndolo gustosa, pero tal y como les dijo, ahora ya habían hecho sus vidas, ya eran adultos y no la necesitaban tanto como antes. Había llegado el momento de volver a vivir.

Esteban intentó demostrar que él seguía necesitando su presencia diciéndole que la quería, mostrando su comprensión, prometiendo nuevos viajes y actividades que podrían compartir, pero Mercedes lo tenía claro y no cedió en su determinación por mucho que le dolían los ojos llorosos de su marido. Sabía que le estaba rompiendo el corazón, Esteban la amaba, pero a veces el amor no es suficiente. Hacía tiempo que la intimidad de su alcoba se había convertido más en una rutina que en un acto de deseo. Eran como compañeros de piso, o de vida, algo que para muchos era toda una envidia después de veintisiete años de casados. Aún así para Mercedes no era suficiente, en ese momento de su vida no era bastante.

Carolina con solo tres años intuyó que la fiesta había terminado y presa del aburrimiento de una conversación que se había llenado de caras serias, se acurrucó en el sofá y se quedó dormida. Mercedes la contemplaba desde la cocina, la echaría de menos, aquella niña le había dado los mejores momentos los últimos años. Notó como Jaime la juzgada con sus pequeños ojos color miel, se le veía decepcionado y eso le hizo sentir una punzada en las entrañas. Sofía intentaba quitar hierro al asunto, en cierta manera la apoyaba pensando erróneamente que lo que su madre necesitaba era un cambio de aires que le serviría para luego regresar a su hogar con energías renovadas. Achacó la locura de su madre a la crisis de los cuarenta, aunque le llegase con un poco de retraso. Su nuera no sabía donde meterse para no tener que participar en una conversación que ella creía tan familiar y abandonó la cocina para sentarse junto a su hija.

Aquella noche Esteban durmió en el sofá. Mercedes intentó abrazarlo en la cama, pero el hombre se levantó y tras decirle “No te entiendo, Mercedes, no te entiendo”, se zafó de sus brazos y se marchó al salón. La mujer lloró abrazada a la almohada, pero siguió firme a su determinación. “Quiero vivir”, se repetía hasta que cayó dormida.

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16 comments

  1. El sacrificio de muchas mujeres no es lo suficientemente valorado. Hay muchas Mercedes que , no es que no est´´en contentas con la ida que eligieron, pero que tienen grandes dificultados para decir que por una vez quieren dedicarse a ellas mismas.
    Un relato para reflexionar.

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      1. Sí, de alguna manera les inculcaron ese espíritu de sacrificio y a ser ellas las últimas para todo y cuando al fin deciden dedicarse a sí mismas no solo no encuentran comprensión, sino que también se sienten culpables.
        No sé en que película escuché una frase que decía que las mujeres siempre tienen que tomar decisiones donde si apuestan por ellas mismas serán calificadas de egoístas.
        Lo lamentable es que siga pasando aún en nuestros días.
        Besazos 🙂

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  2. Esta vez, te has puesto más lírica de lo normal para pintar una escena de carácter introspectivo centrado en una cuestión que a muchos que ya estamos en la década de los cuarenta nos asalta con una forma u otra y que se reduce a “huy, cómo pasa el tiempo, que ya estoy a la mitad de mi vida” 😀
    Bien escrito el contraste entre el deseo de Mercedes y las reacciones, sin aspavientos, sin recriminaciones, pero cargado en el texto de dolor por parte de todos los personajes.
    Algo de estilo:
    En “—Pues no sé hija—dijo mirando a su mujer—, no sé que sorpresa me habrá preparado tu madre”, ¿quizá antes del hija, una coma y, tras el inciso de narrador, un punto para remarcar el cambio de frase?
    En “—No. He dicho que ME voy. Yo sola”, las palabras enfatizadas se ponen, de acuerdo con esos señores tan pintiparados de la RAE, en cursiva 😉

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    1. Tienes razón, ¿a ver si al final va a ser que tengo corazoncito y todo?
      La verdad es que empecé escribiendo el texto en clave de humor, pero ya sabes que luego sale lo que sale y terminó convirtiéndose en esto.
      Edito en un “plis”
      Besacos!

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      1. Nunca he dudado que tuvieras corazoncito 😉
        Eso de que un texto empiece siendo algo y se convierta en otra cosa que ni de coña querías, sí, suele pasar como le dejes libertad para desarrollarse. Cosas que pasan!

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