El niño gris

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Sabía que era feliz. Todo lo feliz que podía ser un niño de diez años colmado de atenciones, caprichos y amor. Sin embargo su madre pensaba que era uno de esos niños grises: un pequeño feliz, pero con semblante de adulto.

Siempre había sido demasiado responsable para su edad, con independencia de que tuviese tres, siete o diez años. Siempre responsable, siempre autosuficiente. Era un pequeño hombre.

Jugaba con el resto de niños y reía con ellos, pero había algo en su mirada que lo hacía diferente. Estudiaba las situaciones, intuía las consecuencias de los juegos que, a veces, acababan convirtiéndose en animaladas. Sabía como reaccionarían los adultos. Leía sus gestos y los interpretaba.

Escuchaba con atención todo tipo de conversaciones: luego sacaría sus propias conclusiones pueriles, aunque no por ello menos acertadas.

Sí, era un niño gris. Siempre intentando disimular sus emociones, siempre midiendo sus palabras. Mantenía la inocencia de la niñez, pero su mirada era la de un viejo sabio, pequeño, pero sabio.

Su alma era un arcoíris por mucho que se esforzase en encapotarla con nubes grises…

8 comments

  1. Pequeño niño gris, dicen que son así los super dotados, igual que cuentan que sus madres quisieran que no fueran tan aventajados, precisamente por lo que apuntas en tu relato, por esa madurez que se nota en todo cuanto hacen y que les resta algo de inocencia, que como adultos es una de las cosas que más se valoran de la infancia.
    Muy bueno ¡¡

    Le gusta a 1 persona

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