¡¡¡Avance!! En busca de críticas

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Ya sabéis que soy un ansia viva y no puedo contener las ganas de mostrar todo lo que se me pasa por la cabeza. Aquí os traigo lo último que tengo entre manos. Se trata de una especie de chik-lit pero a lo pobre, vamos de clase media, con protagonistas normales, de barrio. Aún no sé muy bien como catalogarlo.

Aviso que es un texto largo en comparación con el resto de entradas. Si os animáis a leerlo hasta el final espero vuestras opiniones. Y sin más dilación aquí os dejo el primer capítulo “De mudanzas y surfistas salvadores”.

Tendría que haberle hecho caso a papá y no partir hasta la noche, pero siempre he sido impaciente. Bajo un sol de justicia la chapa del pequeño Citroen Ax amenazaba con derretirse sobre mi cabeza. También debería haberle hecho caso a mi madre y coger unos billetes de Ave para no tener que conducir y forzar tanto mi viejo coche.

No podía abandonar a mi Citroen, lo apreciaba demasiado. Fue el regalo de mi abuelo por aprobar el carnet de conducir. En aquellos tiempos ya lo compramos de segunda mano y ahora, después de casi veinte años, lo raro era que siguiese funcionando. No tenía aire acondicionado, claro, así que iba con las ventanillas abiertas aún a riesgo de ganarme una sordera crónica (el ruido del aire en plena autovía es mortal) o de que en mi destino me confundiesen con uno de los hermanos de los Jackson Five. No me hubiese perdonado desprenderme de ese cacharro y me aferraba al volante con firmeza, transmitiéndole mi fe en él. Ni siquiera cuando al acelerar hasta los cien kilómetros por hora y sentir como las puertas se tambaleaban dudé de mi pequeño.

Eso sí, la decisión me iba a costar conducir más de cuatro horas y media cuando con otro vehículo el trayecto lo hubiese completado en solo tres. Ni qué decir si hubiese escuchado a mi santa madre, con el tren de alta velocidad en una hora y media estaría disfrutando de la playa de Valencia.

Repetía el nombre de mi destino, mi próximo domicilio como si se tratase de un mantra ancestral que me hacía sentir mariposas en el estómago. Iba a vivir en la tierra de las flores, el sol, la playa, la horchata y la paella. Topicazos, sí, pero bueno, es lo que se lee en los blogs de viajes cuando aparece Valencia. Ya tendría tiempo de indagar sobre sus calles y sus costumbres con más profundidad.

Abandonaba las atestadas calles de Madrid sin ningún tipo de pesar. Hacía más de dos años que la empresa de cosméticos donde dedicaba ocho horas a embalar pedidos quebró y cerró despidiendo a todos los empleados. Tuve que volver a vivir con mis padres porque lo que cobraba del paro no me llegaba casi ni para el alquiler. No, no iba a echar de menos aquello.

En la ciudad de las fallas me esperaba mi valencianito. Conocí a Jose, prefería que le llamase Pepe, en un foro sobre coches antiguos. Me aconsejó y recomendó algunos festivales sobre la temática a los que acudí y luego comenté con él. El foro llevó al intercambio de correos electrónicos y más tarde a mensajes de whatsapp. Lo siguiente fueron las videoconferencias.

Cinco meses fueron suficientes para prometernos amor eterno y soñar con planes futuros. Pepe mencionó en alguna ocasión que le encantaría que le hiciese de guía en Madrid, pero su ajetreada agenda como director financiero de una gran constructora nunca le dejaba tiempo.

Así fue como en un arrebato de amor pueril, de esos que crees que solo pasan en las películas, comencé a enviar currículos y solicitudes de empleo a todas las empresas de la Comunidad Valenciana. La verdad es que para lo mal que estaba el empleo yo tuve suerte y conseguí concertar tres entrevistas en sectores muy diferentes. No tuve en cuenta mis estudios ni mis capacidades: me apunté a todas las ofertas que encontré. Las dos primeras las tenía al día siguiente y por eso decidí emprender el viaje cuanto antes. Quería llegar pronto al piso que había alquilado y poder colocar mis escasas pertenencias: una maleta con ropa y zapatos, mis libros preferidos, el portátil y un macetero que me regaló Rosa, mi hermana.

Pobre Rosa, cuanto lloró cuando le dije que me trasladaba. Era la mayor y aunque siempre nos habíamos llevado bastante mal por nuestros caracteres tan distintos, en los últimos dos años habíamos conseguido entablar buenos lazos. En parte gracias a mi sobrina Lucía, una adolescente bastante rebelde a la que la edad del pavo estaba convirtiendo en una choni poligonera.

Yo parecía tener el temple justo para mediar entre las dos. Mi hermana decía que era porque estaba igual de loca que yo, que parecía mi hija, pero yo no me veía tan terca y respondona.

Entre el rugir del aire que se colaba por las ventanas pude escuchar al locutor de radio anunciando las cinco de la tarde. Valencia a cincuenta kilómetros, indicaba el cartel. Ya estaba a punto de llegar a mi nueva vida ¡¡¡Menuda sorpresa le iba a dar a Pepe!!! Seguro que brincaría de alegría. No quise avisarle para poder ver su cara de sorpresa y también (tengo que confesar) que para no asustarle. Si una chica que te conoce hace nada lo deja todo para buscarte así, sin trabajo y sin casa… Podría asustar, ¿no?

Mejor que me viese allí y ya poder explicarle que “casi” tenía un empleo. No quería que pensase que estaba saliendo con una loca. El siguiente cartel indicaba que solo me separaban de mi amor treinta kilómetros. El corazón parecía querer salir de mi pecho ¡Qué emoción!

Mi Citroën quiso empatizar con mi alegría y lo mostró echando humo por el capó. Aquello pintaba mal, muy mal. Seguido al humo, un sonido, como un gorgoteo agonizante y un pum. La velocidad comenzó a bajar hasta terminar parándose. Como pude me arrimé al arcén, cosa que fue fácil ya que al ir pisando huevos siempre iba por el carril derecho.

Busqué en el maletero el chaleco flúor y el triángulo de advertencia. Allí estaban, sin estrenar, muestra de lo bien que había servido el citroëncito. Me vi reflejada en una de las lunas: mi aspecto era lamentable. Los rizos se habían convertido en una maraña que podía confundirse con un nido de cigüeña dando cobijo a toda su prole. El chaleco flúor me quedaba enorme y remataba el atuendo de pasarela con unas chancletas de playa. Entonces recordé algo que había escuchado en un telediario sobre que estaba prohibido conducir con chanclas o que pensaban prohibirlo. Ante la duda decidí que mejor no ratificar la noticia. Sólo faltaba que me multasen por conducir un coche momia con los pies casi descalzos. Lo mejor para no llamar la atención de la guardia de tráfico era no permanecer mucho tiempo allí.

Me puse a buscar en la guantera la documentación del seguro para llamar a una grúa. ¡Mierda!, ¡no estaba! La saqué para comprobar que estuviese todo en regla y la dejé sobre la nevera. ¡Joder!, ¿y ahora qué? No podía llamar a papá, no quería preocuparles. Bueno, y tampoco quería darles la razón y escuchar: “Tú ves como tenías que haber ido en tren…” No, no quería darles esa satisfacción.

Perdida estaba barajando mis opciones cuando una furgoneta paró justo delante de mi vehículo malherido. Parecía salir de una película americana de los ochenta: de color verde, lunas tintadas y una especie de águila dibujada en el portón trasero. En la vaca podían verse dos tablas de surf de colores chillones. Empecé a ponerme nerviosa pensando en qué rareza bajaría del coche y cuando ya esperaba ver aparecer al rubio de Scooby Doo la puerta del conductor se abrió.

Un bronceado chico salió. Las ráfagas de viento con cada paso de los vehículos hacían ondear su melena morena, ¿llevaba mechas más claras? Parecía salido de un anuncio de champú, no como yo, que llevaba pelos de peluca de bazar chino.

El chico iba acercándose y pude disfrutar observando sus musculosas y depiladas piernas, ¿usaría la cera o la maquinilla? Las tenía perfectas, acordes a sus brazos igual de musculosos y depilados.

—¿Necesitas ayuda?— preguntó el surfista. Joder qué brazos, pensé.

—Emmm, no, bueno sí —. Si seguía mirando esos ojos verdes iba a ser incapaz de enlazar las letras para formar palabras.— Parece que mi Citroëncito no está ya para estos viajes — logré decir mientras acariciaba el capó del coche como si de una mascota se tratase.

—¿Vienes de muy lejos?— preguntó mientras obviaba la muestra de cariño entre humano y máquina. ¿Sería algún psicópata que vio la oportunidad de secuestrar a una chica desvalida? No sabía si darle más información a un desconocido, pero esos ojazos no me dejaban pensar con claridad.

—De Madrid — acerté a decir. Su reacción fue inmediata: una enorme risotada.

—¿Desde Madrid con este cacharro?—. ¿Perdona?, ¿cacharro mi coche? Eso sí que no lo podía consentir.

—Perdona que te diga, pero mi Citroëncito nunca me ha fallado, bueno… Hasta ahora —espeté muy digna. El muchacho pareció darse cuenta de su ofensa y cambió el tono burlón.

—Pues creo que hoy ha decidido jubilarse. ¿Hizo ruido como si burbujease antes de pararse? — Asentí— . Entonces estás jodida. ¿Has llamado a la grúa?

—Todavía no. Lo cierto es que olvidé toda la documentación en casa de mis padres y no consigo que nadie me coja el teléfono — mentí.

El surfista me miró analizando la situación. Creo que entre las pintas que llevaba y lo mal que mentía llegó a considerar la opción de que hubiese robado el coche.

—Tengo un amigo que trabaja en una empresa de grúas de todo tipo. Si quieres puedo llamarle y que te envíe a alguien —ofreció de manera sincera. Estaba claro, esos ojos verdes solo podían pertenecer a una buena persona. Y ese culito prieto también. —¿Qué te parece?

Valoré todas las posibilidades, para ello tuve que dejar de mirar su culo y concentrarme en un punto fijo de la carretera. Decidí aceptar su ofrecimiento. El surfista me propuso llevarme hasta la ciudad, según me contó el vivía en un piso del centro, pero no quise poner a prueba el acierto sobre su condición y rehusé la invitación. Prefería esperar a la grúa y no abandonar a mi pequeño coche allí.

—Como prefieras — terció —, mi amigo llegará en unos veinte o treinta minutos. Te dejo su número por si acaso —dijo entregándome una tarjeta que sacó de la guantera —. Por cierto, me llamo Carlos y tú eres…

—Ana

—Encantado, Ana. Espero que todo te vaya bien en mi ciudad — dijo guiñándome un ojo. Ese “mi” le había quedado un poquito soberbio.—Tengo que irme.

Y así es como descubrí que no hacía falta viajar hasta Hawai o California para conocer surfistas guapos, sólo era necesario una autovía y un coche en las últimas.

16 comments

    1. El chik-lit se supone que novela para chicas, como si fuese la evolución de la novela romántica. Aunque realmente es para chicos y chicas porque lo mejor que tiene (para mi) es el humor y las situaciones surrealistas. Son fáciles de leer porque solo buscan el entretenimiento. Lo único que me chirría de este género es que “casi siempre” está protagonizado por mujeres fashion que acaban triunfando y llevándose al prota guapo y rico.
      De momento solo es un proyecto, pero la intención es hacer una chik-lit más cercana a la clase media. Ya veremos que sale…

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  1. Me ha gustado, dinámico y divertido. Y también surrealista. Lo de los pelos como un nido de cigüeña es muy descriptivo. Ahhh el Citroen AX era un coche magnífico…. Estaré pendiente de las historias de Ana y el culito del chico jajaja. Por cierto Sadire, ¿cual es tu nombre? me he dado cuenta que no lo sé a pesar de lo mucho que nos leemos. Un abrazo y buen fin de semana.

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    1. Gracias por tu comentario, Carlos. Si te ha resultado divertido y surrealista: objetivo cumplido.
      Ana pobrecilla, la meto en cada “fregao” y sí, el culito la pondrá en más de un compromiso 😉
      En cuanto a mi nombre: Sadire. No doy más datos en la primera cita😂😂

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  2. Ya lo leí 🙂
    Está muy bien escrito, me gusta el aire cotidi ano que le has dado porque en este género todo son jefazos de alto cargo , jovencísimos ( lo cual es difícil en un jefazo de alto cargo) y guapísimos… el tuyo tiene el culito prieto pero es un surfista jajajajaja…. lo de las mechas y los ojos verdes me hace acordarme de cuantos hay así por aquí.
    El Citroën es un puntazo jajajaja… me has hecho recordar mi primer auto hace un montón de tiempo ( me saqué el carnet con los dieciocho recién cumpliditos) y a mi me pasaba lo mismo, imagínate una criaja de dieciocho con un coche viejo por la autovía alicantina , también sentía la ráfaga de aire y la vibración del coche a punto de reventar cuando llegaba a 100 km/h.
    ¿Vas a seguir la novela por aquí o aún no lo has pensado?
    Quedo al pendiente de Ana y Carlos ( a ver que pasa con Pepe jajaja)

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    1. Muchas gracias, Maria del Mar! Tu opinión es muy valiosa para mí. Por lo que he podido intuir has leído cositas de este género así que saber tu valoración me ayuda a conocer si voy por el buen camino.
      Por cierto, de momento eres la única que se ha acordado de Pepe. Si es que el culito de Carlos hace perder el norte a cualquiera…jajaaj

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