El estirado

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Abrió el armario y eligió una de sus camisas blancas. Adoraba la pulcritud del blanco. Ese día le apetecía añadir un toque de color a su vestimenta y se inclinó por la corbata morada. Se puso frente al espejo e hizo el nudo con una maña heredada de años de práctica y de la constancia de su padre para enseñarle a realizarlo con éxito.

Antes de salir de su ático en el centro de la ciudad echó una última mirada en el espejo del recibidor. Ni una arruga en su traje y zapatos relucientes. Con hastío sacudió un pelo que había osado caer en la solapa de su valiosa americana gris y se dio el visto bueno.

Al entrar en la oficina echó un vistazo rápido a todos sus subordinados. Fingieron estar muy atareados para evitar cruzar la mirada con él. Sabía que causaba respeto y le gustaba. El ejecutivo posó su mirada sobre su empleada más reciente. Se acercó a ella y con frías palabras le recordó la importancia de tener su lugar de trabajo ordenado e impoluto. Le ordenó que retirase la foto de sus hijos. En su escritorio no había lugar para emociones y así se lo hizo saber tumbando el marco boca abajo. Acto seguido se adentró en su despacho.

A través de las amplias paredes de cristal podía observar como trabajaban. Todos de espaldas a él. Así lo pidió. De esa manera no podían saber si en ese momento estaban siendo observados. Era como tenerlo resollando en el pescuezo sin que resultase tan evidente.

Felipe llamó a su secretaria por el interfono para recriminarle que su ordenador no estaba encendido. Tenía órdenes claras de dejarlo todo a punto antes de que llegase. La secretaria, una mujer de unos cincuenta años y cintura marcada, apareció de inmediato con un café en la mano.  Felipe sacó uno de sus posavasos romboidal del cajón y le instó a que lo dejase encima.

Revisó su correo electrónico. Varias felicitaciones por la presentación del último proyecto. Todo salió tal y como lo tenía previsto. Seguro que conseguía buenos contratos y mejores clientes. Su don de gentes era excelente: buen observador, culto, caballeroso con las mujeres y exquisito con la gente pudiente. Sabía que tenía una inteligencia superior al resto y siempre que podía le sacaba partido. No soportaba a la gentuza que desperdiciaba sus dones por mostrar humildad como tampoco soportaba a la gente maleducada que se dejaba llevar por sus instintos o sus sentimientos.

Después de una jornada más de trabajo Felipe llegó a casa con la intención de relajarse. Con el mismo cuidado que se vistió por la mañana se deshizo de su atuendo y se puso cómodo. Sobre las prendas la última e indispensable pieza: un reluciente delantal blanco plastificado. Para terminar y, como si de un cirujano se tratase, se embutió unos finos guantes de látex.

Ascendió por la escalera de caracol que conducía a la terraza. En ella se había construido una especie de cobertizo. Insistió en que las paredes estuviesen aisladas, les dijo a los constructores que le gustaba tocar el violín a altas horas de la noche y no quería molestar a los vecinos.

Abrió la puerta. En el centro de la estancia una camilla de acero inoxidable. Tumbado sobre ella un hombre orondo y con incipientes entradas. En su torso desnudo podía contemplarse una buena pelambrera. Gotas de sudor perlaban la frente de aquél individuo que asustado tiraba de las correas que le ataban de pies y manos. Felipe sintió repugnancia por la visión.

El cautivo intentó gritar pero solo consiguió emitir un sordo sonido debido a la cinta americana que sellaba su boca. Podía sentirse el miedo de sus ojos cuando Felipe empezó a desplegar varios utensilios sobre una bandeja metálica. Se decidió por un cuchillo de filo aserrado con mango de marfil. Encendió un pequeño reproductor de música y las notas de la Appassionata de Beethoven empezaron a llenar el ambiente.

Sin mediar palabra y sin más preámbulo Felipe comenzó con su particular danza de sangre, desmembramiento y mutilación. Ese hombre tendría que habérselo pensado mejor antes de recitarle tal sarta de improperios cuando le quitó la plaza de estacionamiento. Felipe no soportaba la gente maleducada.

Sin título

 

 

 

 

9 comments

  1. Hay mucho en esta historia. Me quedo con una de las derivadas menos evidentes: la justicia. Se puede razonar sobre esta base: el personaje tiene un peculiar sentido de la justicia -todos lo tenemos- y sobre esa definición sus actos están justificados y son correctos.
    Puede parecer una aberración, pero es posible que haya una interpretación retorcida de la justicia en la mente de un criminal, que así piensen maltratadores, genocidas y ladrones, y que esta sea en realidad la causa de tantas atrocidades: cuando una persona antepone su sentido de la justicia sobre el que prevalece en la ley, la costumbre y el sentido común.
    Siendo así, ¿no se convierte el crimen en una cuestión de formación, de establecer principios sólidos y universales que sean aceptados y asumidos en todos los contextos familiares, sociales y políticos, para que la Justicia prevalezca sobre cualquier interpretación perversa, deformada o interesada de la misma?
    ¿Ves? Me has hecho pensar. Ese es el mayor valor de un contador de historias. Enhorabuena.

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    1. Pues un pensamiento o cavilación muy válido. De hecho pretendía mostrar eso: la tranquilidad y normalidad con la que afronta el asesinato (lo de disfrutar con la tortura ya es otra cosa). Si te das cuenta, la mención de la figura paterna cuando se refiere al nudo de la corbata es una manera implícita de mostrar su educación (o eso pretendía). Así que sí, te doy la razón en que para este tipo lo que hace es completamente normal. Me alegra haberte hecho “divagar”. Besacos!!!!

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  2. ‘Hala! Venga con el ejecutivo de traje que lo flipas y maneras “exquisitas”. Me ha recordado al zumbado de “American Psycho” 🙂 La imagen del pavo resollando en el pescuezo es gloriosa y, desde luego, prepara al lector para una imagen gore que, si bien sorprende, casa con la personalidad de este bastardo hijo de la chingada, que dicen en otras tierras.
    Un tema para “molestar” 😀
    -En “de la ciudad se echó una última ” ese “se” no me mola. El pronombre reflexivo no es incorrecto, pero es redundante (a fin de cuentas, el del espejo es él)
    -El verbo espolsar no existe en castellano. He estado mirando y he visto que se usa en Valencia, pero no aparece aceptado por la RAE (que los dioses la acojan en su seno por los parabienes que nos vierten). Lo indico, nada más 😉
    -“todo apunto no es correcto: a punto 😉
    -Instar ha de ir seguido de la preposición “a”, no “para”
    -“Horondo”, sin “h”
    Hoy te he dado caña, jeje… Así quiero que me des tú con “Resurge la plata” 😉
    ¡Besazos!

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  3. Vayamos por partes (como diría el estirado de la historia)
    -Toda la razón con lo de American Psycho. Más o menos eso es.
    Temas molestos que no molestan. Ya sabes que me va la marcha:
    -Lo del “se” tienes muchísima razón, eliminado.
    -“Espolsar”, también lo he buscado y no existe, ¿pero no me dirás que no mola eh? Lo he sustituido por “sacudió” pero ya no suela igual, si es que donde se ponga un valenciano churro… (se llama así a los valencianos que son castellano parlantes y que acaban mezclando palabras, vamos como yo)
    – “A punto” y “orondo”, estas no tienen perdón de dios, las rectifico sonrojada.
    Ummmm….pienso vengarme con premeditación y alevosía en “Resurge la plata”.
    Besacos!!!!!

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