El monstruo

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No tuvo que abrir los ojos para notar que alguien estaba observando cómo dormía. Las persianas estaban subidas y la luz de la luna se colaba por la ventana. Sintió como algo obstaculizaba el paso de esta claror y decidió abrir los ojos para saber de qué se trataba.

Frente a ella estaba Emilio, su hijo de cinco años, mirándola sin atreverse a despertarla. No estaba llevando bien dormir solo. Se sintió culpable por haber tardado tanto en pasarlo a su habitación, ahora le estaba costando horrores conciliar el sueño.

—¿Qué ocurre, cielo?

—Mami, hay un monstruo debajo de la cama, ¿puedo dormir contigo?

No podía ponérselo tan fácil así que encendió el interruptor de la luz y le tomó de la mano. Fueron hasta el cuarto del niño y la madre se agachó para mirar bajo la cama.

—¿Ves?, aquí no hay nada —dijo mientras le mostraba un calcetín sucio a su hijo —. Solo esto y unas cuantas pelusas. Pero las pelusas no nos pueden comer ¿a que no? Venga, acuéstate, puedo dejarte la luz encendida si lo prefieres.

Emilio no parecía convencido y frunció el ceño. Consiguió ablandar el corazón de su madre.

—Esta bien, vente a mi cama, pero mañana tienes que dormir tu solito ¿eh?

Apagaron las luces, pero Emilio tardó en dormirse. Quería despertar a su madre y decirle que el monstruo no estaba en su cama, sino en la de ella. No se atrevió. El monstruo había sido muy claro: Duérmete pequeño, sólo necesitamos a tu madre. Aguantó despierto todo lo que pudo, mientras así fuese los monstruos no se atreverían a acercarse a su madre. El sueño le venció.

Unas pequeñas nubes aparecieron de la nada y cubrieron la luna. Oscuridad total. La mujer, sumida ya en un profundo sueño, deslizó su flácido brazo hasta el borde de la cama. La punta de sus dedos rozó el suelo.

Un pequeño resplandor anaranjado empezó a tomar forma abriéndose paso entre los faldones del edredón. Primero cubrió la piel de su mano y poco a poco fue subiendo hasta envolver todo su cuerpo en tonos naranjas.

4 comments

  1. Buen cambio, sí señora. El que el niño haya sido el agente involuntario de lo que sea que le pase a su madre (un acierto dejarlo a la imaginación de quien lo lee) es un buen efecto. Y el fútil intento del niño por ser heroico y no dormir evitando que el monstruo ganase también 😉
    PS: ¡Que las pelusas no nos pueden comer, dice! Que esté un tiempo sin barrer y ya veremos qué pasa 😀 😀 😀

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