Menos cuentos de hadas y más polvos reales. POLVO 1: LA NUEVA

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Por si te lo perdiste: Prólogo

Cuando mis padres decidieron cambiar de población por motivos de trabajo no le dí demasiada importancia. Tenía unos ocho años así que no me supuso ningún trauma, todavía no tenía recuerdos ni personas que añorar  a los que iba a dejar atrás. Lo tomamos como una experiencia, una aventura y así me lo hicieron ver mis padres. Mis ojos de niña no llegaban a ver lo que aquello significaba: el esfuerzo que estaban haciendo para que tuviésemos un futuro.

La cuestión es que nos mudamos a un pueblo de la periferia, esos donde la gente es un poco más cerrada, vamos, que en cuanto pusimos un pie allí ya teníamos a la vecina de enfrente preguntando: “¿Y tú de quién eres?”. Lo peor de todo, ignorante de mí, fue la entrada al nuevo colegio. A los ocho o nueve años los niños ya somos bastante crueles, y así me lo hicieron saber. Para empezar, pocos fueron los que se atrevieron a dirigirme la palabra los primeros días. Yo tampoco se lo puse fácil, era una niña bastante introvertida. Mi madre siempre me decía que desde muy niña parecía que analizase a los adultos, ahí callada escuchando con mirada inquisitiva (yo misma imagino la escena y me da un cierto repelús verme como el niño del Sexto Sentido).

Aquellos niños que vieron amenazado su territorio con la nueva presencia no tuvieron reparos en darme una bienvenida que nunca olvidaría. La primera ocurrencia fue recoger todas las virutas de los lápices, no se cómo pudieron hacer acopio de tantas toneladas de colores. Las metieron todas en un bote y lo llenaron con agua. Una de las mañanas, me senté en el último pupitre para pasar desapercibida y uno de los niños, el graciosillo, hizo como que tropezaba y me volcó todo aquél mejunje por la cabeza. Aguanté con resignación, eso sí, le dediqué una de esas miradas que desintegran al que las recibe convirtiéndolo en cenizas (así lo vio mi mente, ardiendo entre las llamas), mientras el resto de la clase se reía a carcajadas.

A mediodía no hice ningún comentario en casa, mi madre ya tenía bastante faena y la verdad es que pensé que cuanta menos importancia le diese al tema, mejor. La semana siguiente me tenían preparada otra bromita bastante graciosa: me soplaron pimienta en la cara. No conseguía abrir los ojos de lo que picaba. Creo recordar que me pasé más de dos clases en el baño enjuagándome la cara. Tampoco le dí mayor importancia.

Ahora lo pienso desde la lejanía y creo que no les dí motivos para tanto ensañamiento. No tenía defectos físicos de los que se pudiesen burlar y creo que ese fue el motivo. Las niñas se sentían amenazadas, no podían consentir que la forastera se ganase la amistad del bando masculino. Las bromas pesadas dejaron de ser suficientes para saciar su ego así que pasaron a la técnica de “En la puerta te espero”. Eso significaba que o conseguías escabullirte tal comadreja o te ibas a llevar un buen tirón de pelo y algún que otro empujón.

Solo necesité dos semanas de “En la puerta te espero” para tener claro que tenía que organizar un buen plan de fuga. La mente prodigiosa y los tatuajes del prota de “Prision Break” no me llegaba ni a la suela de los zapatos. Me dí cuenta de que uno de los barrotes de la puerta de hierro del cole estaba oxidado. En un par de días conseguí soltarlo durante el tiempo del recreo. Al tercer día decidí escaparme. Nadie notó mi ausencia hasta que el patio quedó desierto y entraron todos en clase.

Pasé la mañana en un parque cercano y cuando vi que los niños empezaban a salir del colegio me fui para casa tan tranquila, como si no hubiese pasado nada. En la puerta había aparcado un coche de la policía local, no pintaba bien la cosa. En el portal estaba mi madre. Me recibió con los brazos abiertos y con una buena bofetada que me alineó los dientes que tenía y los que me quedaban por salir. Pobre mujer, poco más y muere del infarto después de dos horas sin saber de mi.

En el cole tampoco les sentó muy bien mi huida así que me castigaron durante tres meses a hacer copia durante media hora después de las clases. Lo agradecí, aunque no lo hice saber, claro. Yo le hacía carita de arrepentimiento a la señorita Justa (que de Justa no tenía nada), pero por dentro daba saltos de alegría. Ya no podían esperarme en la puerta, jajaja, porque yo salía más tarde.

Al final mi plan había servido de algo además de mejorar mi caligrafía. Desde entonces no volví a escuchar ni un solo “En la puerta te espero”. Me gané el respeto de todos los chavales que ya no dudaron en hacerme del grupo. La mayoría de las chicas acabaron por ignorarme y para mi fue un alivio. Bueno, la verdad es que me ignoraron solo durante un tiempo, hasta que empezaron a fijarse en los chicos de otra manera, pero eso es otra historia, otro polvo real.

 

 

 

 

8 comments

  1. Entre las comparaciones de cultura popular, lo elaborado de las “bromitas” y la bofetada de “alinear dientes” casi me da algo de tanta risión 😀 😀 😀 😀
    Y es que los niños de pueblo son taaaaaaan majos, ¿eh? O los niños, en general 🙂
    Por tocar un poquico las narices, tendrías que revisar algún que otro signo de puntuación, bajo mi punto de vista, sobre todo comas, que hay alguna que me sobra (como en “demasiada importancia, tenía unos ocho”, pondría un punto y coma o dos puntos)

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    1. Sí, sí, los pequeños terroristas sean de pueblo o de ciudad suelen (solemos, siempre hay que incluirse ya sea por uno mismo, por los hijos o por los sobrinos) ser muy simpáticos.
      Le he dado un repasito. Al final me he decantado por un punto y seguido.
      Como siempre, un placer que te pases por aquí, Lord.😋

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