¡A buenas horas, mangas verdes!

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La mujer agradeció que aquellas mulas tuviesen grabado a fuego el trayecto, lo recorrían por inercia, sabían cuando el camino era más pedregoso y debían aflojar la marcha y también cuando aprovechar el recorrido cuando notaban un buen firme bajo sus pies.

Apartó la mirada de las bestias y la posó en su marido: dormitaba mientras sujetaba las bridas. Se compadeció de aquel hombre de piel ajada por culpa de años bajo los rayos del sol y los vientos cortantes como cuchillas del invierno.

La carga que llevaban en la parte de atrás del carromato servirían para asegurar su descanso un par de meses. La cosecha había sido fructífera y de calidad, seguro que sacarían un buen monto por ella en la Feria de otoño.

Zurrón se puso a ladrar a los árboles del márgen derecho haciendo que Jacinto diese un respingo.

—¿Qué has visto, Zurrón?, ¿hay alguien ahí? —preguntó al chucho. Achinó los ojos para intentar ver algo entre la espesa arboleda. Cuatro bandoleros hicieron acto de presencia entre gritos que les helaron la sangre.

Llevaban media cara tapada con pañuelos atados a la nuca. El matrimonio podía notar el olor rancio a alcohol que desprendían sus cuerpos. Imaginaron que por contra, los asaltantes, podían oler su miedo. 

—Veamos que lleváis aquí. Que no hagan ninguna tontería, Sapo — dijo advirtiendo al bandolero que ya le había arrebatado las riendas a Jacinto. 

—¡Oh por Dios bendito! —exclamó la mujer —No pueden llevarse la cosecha, es todo lo que tenemos, ¡moriremos de hambre!

Al tal Sapo pareció hacerle gracia las súplicas de la mujer y soltó una risotada. Jacinto no podía soportar tanta furia corriendo por sus venas. Todas las humillaciones, las penurias, los inviernos y los veranos se agolparon en su cerebro, podía notar como le palpitaba la sien.

Toda una vida pagando con el sudor de su frente y el de su mujer a reyes y nobles. Reyes y nobles que según había oído utilizaban a esos mismos bandoleros para llenar sus propias arcas cuando se veían en apuros. No podía soportarlo más; la rabia nubló su razón y arreó un cabezazo con todas sus fuerzas al confiado Sapo.

Ambos cayeron del carromato. La mujer se puso a gritar y los otros tres embozados acudieron a socorrer al compañero. Muerto, su cabeza sangraba. A su lado Jacinto respiraba con dificultad. El líder no dudó, pateó sus costillas hasta que dejó de respirar. Acto seguido apearon a la sollozante mujer propinándole un par de empujones. Los bandidos desaparecieron con el carromato y su carga dejando tras ellos una nube de polvo.

Tres horas más tarde, ya sin lágrimas y junto al frío cadáver de su marido, la mujer vio aproximarse una cuadrilla. El color de sus mangas no dejaba duda de su identidad, la Santa Hermandad. 

—¡A buenas horas, mangas verdes! —espetó la desolada mujer.

Hoy me ha dado por pensar de dónde venía la expresión “a buenas horas, mangas verdes” ya que la utilizo bastante (a mis hijos les hace gracia). Una vez conocido el origen no he podido resistir ponerme en situación.

9 comments

    1. Muy buen ejemplo jejeje Yo escribí hace tiempo una entrada en el blog explicando el origen. Además de esta expresión, tenemos otras muchas con un origen curiosísimo, por eso decidí crear una sección solo para eso, se llama “el porqué de las cosas”, por si te apetece echarle un vistazo 🙂

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  1. Sobre el origen de la expresión, pues eso 🙂
    El texto, lleno de rabia por la injusticia y la mala fortuna, muy bien escrito, con la suficiente tensión que deriva en una explosión violenta y de triste desenlace. Un par de cosillas, si me permites:
    -En “—¿Qué has visto, Zurrón?, ¿hay alguien ahí? —preguntó al chucho”, la coma la cambiaría por un punto y, por tanto, no aparecería; creo que la frase ha de estar totalmente separada al ser dirigida a dos “interlocutores” diferentes, el perro y el “alguien”
    -En “Los bandoleros llevaban media cara tapada con pañuelos atados a la nuca.”, la palabra bandoleros aparece muy cerca de la anterior vez (cuando los has presentado), por lo que quizá estaría mejor referirte a ellos con un pronombre, o, mejor, nada en absoluto (“Llevaban media cara…”)
    ¡Abrazos!

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      1. Sí, sí… yo también hablo con mis perretes, así que lo entiendo 😀
        Indicaba lo de la coma porque se dirige primero al perro, y luego a “quien ande por ahí”, y al pronunciarlo en voz alta, parece más normal hacer una pausa más larga que una coma, pero bueno, es igual. En un momento de tensión, el habla se acelera, así que también puede decirse atropelladamente y, por tanto, quedar bien reflejada con una coma.
        ¡Un abrazo!

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