Concurso La Sombra Dorada: Premonición

Publicado por

Bueno, pues aquí os dejo mi participación en el concurso de Lord Alce. Mi intención no era publicarla tan pronto, pero ya sabéis que soy un ansia viva y no he podido contener mis ganas de conocer vuestras opiniones. Cualquier aportación será bienvenida (aunque ya no pueda modificar para el concurso), porque seguro que me servirá para mejorar. No os cortéis y criticar amigos, criticar.

Todo estaba ocurriendo tal y como presagió la bruja y eso hizo que Yunami se insuflase un nuevo chute de valor. La batalla estaba siendo más cruenta de lo que imaginó pero de momento estaban haciendo frente con coraje a las tropas del rey Arqueón. Sus limpias y relucientes armaduras no eran suficientes para contener la bravura de sus hombres. Al contrario que los organizados soldaditos del rey, sus hombres eran fieros mercenarios que no temían a la muerte, nada, excepto miserias, dejarían si partían al otro mundo.

Un mandoble rozó su hombro, escasos milímetros le salvaron de perder el brazo izquierdo, de un salto se giró y se puso frente a su oponente. Su armadura llena de salpicaduras rojizas confirmaban su supervivencia ante sus adversarios ¿a cuantos de los suyos habría mandado al infierno? El muy ignorante sonreía mientras danzaba a su alrededor esperando el primer ataque, iba a quitarle esa estúpida sonrisa de la cara. El hombre decidió quitarse el yelmo, no le extrañaba, estaría cociéndose dentro de tanto metal.

De repente Yunami se quedó petrificado ante la imagen: largos rizos dorados enmarcaban la cara del joven. Tenía el pelo empapado y pegado al cuello, pero no había duda, eran rizos del color del sol. Un escalofrío recorrió su cuerpo mientras recordaba la premonición de la bruja desdentada: Rizos dorados te deslumbrarán y te harán caer.

No podía ser, se negaba a creer que aquél muchacho fuese el encargado de acabar con sus planes de gloria y sometimiento. No, la maldita bruja se equivocaba e iba a demostrárselo hundiendo su espada en el corazón de aquel soldado de salón. Guardaría su cabeza y se la llevaría a la bruja —Mira tus rizos —le diría —. Puedes quedártelos como muestra de tu error.

El soldado pareció cansarse de la espera y decidió ser el primero en atacar. Yunami paró el golpe con destreza y, aprovechando la cercanía de los cuerpos, le asestó un cabezazo que le hizo trastabillar. Esos chicos no estaban preparados para este tipo de golpes, en su formación prevalecía el honor y la lucha limpia, pobres necios, nunca ha habido ni habrá guerras nobles. Yunami soltó una fuerte carcajada mientras veía como el muchacho se tocaba la sien desconcertado. Esa era su oportunidad, apretó con firmeza la empuñadura de su espada y con dos zancadas llegó hasta la posición del muchacho. No dudó, su acero cortó el aire llevándose por delante las entrañas del chico que cayó de rodillas. Yunami miró con firmeza sus ojos agonizantes y con un rápido movimiento le clavó la punta de la espada en el corazón, dando fin a la agonía del moribundo.

El sudor recorrió su frente y se posó en sus cejas. Aprovechó la oportunidad para recobrar la respiración y tomar cuenta de como iba la batalla. A su derecha apareció Mituri, ese cabronazo seguía vivo, se alegró de tenerlo en su bando.

—¡Jefe, están huyendo!, ¡Esas nenazas se han cagado en los calzones!—gritó mientras se cubría la mano izquierda con un trozo de su jubón.

—Ya veo, Mituri. Parece que antes de huir han conseguido despojarte de tu manaza —se burló —. Total, para lo que te servía—. Mituri hizo un mohín aparentando ofensa y le dio un buen puñetazo con el muñón demostrándole que aún servía para algo.

El campo de batalla estaba repleto de cuerpos mutilados y agonizantes. No tenían tiempo de poner fin a su sufrimiento a aquellos desgraciados y decidieron tomar la aldea más próxima para descansar y dejar de oír aquellos lamentos desgarrados pidiendo auxilio. Durante la marcha Yunami echó cuentas de sus bajas, así a ojo no habría perdido más de cincuenta compañeros. No sintió pena por ellos. Por fin descansarían aunque fuese en el infierno, siempre sería mejor que seguir viviendo de las migajas de los grandes señores.

La aldea resultó estar abandonada, alguien les había avisado del resultado de la batalla y habían decidido huir. Mejor, así no tendrían la necesidad de amenazar y aterrorizar a aquellas ratas que se dejaban ultrajar por cualquiera que hablase en nombre del rey. Estaba cansado y lo que menos le apetecía era retomar su fiereza, al menos por hoy.

Yunami y Mituri se instalaron en la modesta iglesia situada en el centro de la aldea, era la única construcción de piedra. Mituri inspeccionó cada rincón de la iglesia para cerciorarse de la seguridad de su jefe. A los pocos minutos apareció con una sierva de dios agarrada del cuello.

—Jefe, mira lo que he encontrado, una de las “mariposas” de nuestro señor — anunció con sorna burlándose de su atuendo. Las novicias portaban túnicas de multitud de colores. La alegre tela solo dejaba al descubierto los ojos de las fieles.

—Justo lo que necesitaba, compañero. Después de la batalla nada mejor que desfogar otra de las necesidades más primitivas del hombre —anunció tocándose la entrepierna. La “mariposa” pareció salir volando ante tal afirmación e intentó soltarse de las manos del mercenario sin conseguirlo. — Tranquila mariposita, intentaré no hacerte daño. Aunque no puedo hablar por mi amigo —dijo guiñándole un ojo a Mituri.

Mituri lanzó la chica a los pies de su jefe y cuando este la agarró y empezó a arromangarle la falda hasta la cintura decidió salir no sin antes recordarle que la dejase con un poco de vida para poder después hacer uso de ella él también. La chica no gritó ni intentó zafiarse de su agresor, cosa que pareció molestarle y decidió que en vez de ponerla a cuatro patas prefería mirarla a los ojos. Cuando se hundió en ella los ojos de la chica se abrieron y mostraron una fiereza que por un momento le distrajo de sus embistes. Lo siguiente que notó fue un fuerte dolor en el pecho. Echó la mano a su espalda y notó una daga clavada con tal fuerza que había perforado su corazón.

Yunami se echó a un lado y antes de respirar por última vez pudo ver como dos mechones de pelo dorado como el sol caían sobre los hombros de la mariposa.

 

 

 

5 comments

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s