El difunto

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Las mujeres iban en procesión detrás del ataúd. Nunca habían tenido el oficio de plañideras muy calado en sus cuerpos así que no sabían muy bien cómo actuar; no por falta de sentimientos ya que el difunto era un familiar muy cercano: era el marido, padre y abuelo de las susodichas. Se miraban entre ellas con semblante serio intentando representar el papel que todos los demás “invitados” esperaban en esa situación.

Cuando intuían que alguno de los asistentes tenía la intención de acercarse para dar sus condolencias, rápidamente bajaban la vista al suelo rezando para no tener que soportar las típicas palabras de consuelo. Palabras que carecían de sentido y conocimiento. Sólo ellas sabían cómo era aquel cuerpo que yacía en el féretro que acompañaban.

La noche de antes, en el tanatorio, el incidente que aconteció sirvió como pequeña muestra del talante del difunto. Mientras la viuda miraba absorta una baldosa cuarteada del suelo y sus hijas charlaban entre susurros apareció de repente una señora toda emperifollada y bien maquillada. Sin mediar palabra con los asistentes se puso frente al velado y arrancó a llorar como una posesa (esta sí que debió ser plañidera en otra vida). A pesar de los llantos desgarrados no se le corrió ni un poquito todo el maquillaje que llevaba en la cara.  Ante tanto dolor la viuda alzó la vista de su baldosa y reaccionó:¡ Maldita hija de puta!, ¡Sal de aquí ahora mismo, sinvergüenza! Con estas palabras los pocos familiares y amigos que había en la sala supieron que la peripuesta era la amante del señor tras el cristal.

Por fin la comitiva llegó a la iglesia para dar la misa pertinente. Las mujeres se miraron unas a otras durante el oficio: Ni muerto se va a librar de la misa, manda huevos con lo ateo que era. Se decían con los ojos intentando retener las sonrisas que se dibujaban en sus labios. Nada más terminar se introdujo el féretro en el coche fúnebre para llevarlo al cementerio. Las mujeres por fin liberadas del atosigamiento de tanta gente repitiendo lo bueno que era (ciertamente lo era), empezaron a debatir con que coches acudían al cementerio. Fue en ese momento cuando se les acercó un hombre de bigote espeso y pelo teñido.

—Os acompaño en el sentimiento —dijo tendiéndole la mano a la viuda —. Una gran pérdida, era un buen hombre.

—Gracias —respondió la viuda haciendo ya ademán de marcharse para no tener que escuchar nada más.

—Lo cierto es que…—se arrancó el individuo viendo que perdía su oportunidad de tener a todas las mujeres juntas otra vez— su marido, vuestro padre, me debía una gran cantidad de dinero —escupió fijándose en la reacción de las mujeres —. Imagino que sabréis que se dedicaba a las apuestas.

Las mujeres lo miraron de arriba a abajo, no se sorprendieron ni de la deuda ni del tipo descarado. Le tranquilizaron diciéndole que cuando hubiesen pasado unos días se pondrían en contacto con él para intentar solucionar el tema. Tendrían que apuntarlo en la larga lista de pufos que dejaba el hombre.

Ya en el cementerio, con el hombre enterrado y tapiado, la gente comenzó a despedirse. Sólo quedaron aquellas cinco mujeres. Se miraron de nuevo y esta vez sí, se rieron como el hombre merecía, para él la vida era una fiesta. Después lloraron, lloraron con emoción, desde el corazón. Lloraron por el marido vividor, risueño, paciente y moderno. Lloraron por el padre tozudo pero comprensivo, por el padre protector que nunca les había fallado en los malos momentos. Lloraron por el abuelo que se sentía joven, por el abuelo permisivo, por el abuelo juguetón, por el abuelo que destilaba autenticidad por todos los poros de su piel.

Y desde ese día nunca más volvieron a llorar. Cada momento de recuerdo se convirtió en risa, porque eso era él, un truhán que enamoraba, un señor que VIVÍA.

 

 

 

 

 

 

 

 

8 comments

  1. Caramba, parece que vivió y mucho sin duda… la percepción de la persona cambia mucho dependiendo del vínculo, lo que para una hija puede ser genial, para una esposa no tanto o al revés (he visto cada escenita…). En fin, emociones distintas y puntos de vista diferentes. En este caso parece que hubo acuerdo entre las generaciones lo que también dice mucho del difunto. A vivir que son dos días ¡¡

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  2. Ains, qué bueno 🙂
    Las “reflexiones” que intercalas dan un toque muy gracioso y ligero a un texto muy bien escrito. Un funeral con una descripción muy buena y que con un pequeño diálogo nos introduce otro nivel en el relato para terminar con una acertada (a mi juicio) reflexión hedonista de la via. ¡Muy bueno!

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