La montaña rusa

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Nunca había subido a una montaña rusa de tal magnitud. Como mucho había aceptado subir al “Saltamontes” de la feria de su pueblo tras la insistencia de su hija. Roberto miró a la pareja de muchachas que guardaban cola delante de él. No hacían más que reír de forma histérica por cualquier tontería. Dedujo que sería debido a los nervios. Detrás de él, dos jóvenes ocupaban el tiempo de espera regalándose arrumacos.

Ya casi era su turno, cinco o seis personas lo separaban de un subidón de adrenalina. A la voz del empleado del parque: “¡Uno, uno sólo!”, Roberto levantó la mano y sus predecesores le abrieron paso observándolo con curiosidad. Por sus miradas dedujo que lo normal no era subir solo.

Mientras el trabajador comprobaba su arnés Roberto repasó en voz baja las características de la atracción que se había estudiado días atrás: duración de un minuto y cincuenta segundos, arneses de seguridad delanteros, pies al aire, vagones de dos plazas, bucles completos…

Una bocina le sacó de su embelesamiento al punto de ponerse en marcha el vagón. En ese mismo momento se percató de su acompañante de viaje: un joven de unos dieciséis años que arriesgándose a perder su smartphone se hacía selfies sin parar; lo más probable es que quisiera impresionar a alguien con su hazaña.

Roberto fijó los ojos al frente con la primera sacudida que iniciaba el viaje. Con su mano derecha sacó la pequeña ganzúa  que llevaba en el bolsillo y la agarró con fuerza. El traqueteo atronador indicaba que ya estaban subiendo por la primera rampa. El primer descenso era lo más famoso de la montaña pero su objetivo no era éste.

Con la bajada sintió que el corazón se le salía del pecho. Intentó mantenerse imperturbable, ya estaba próximo el tirabuzón que ansiaba. Deslizó la ganzúa entre sus dedos en busca del cierre de seguridad. Luchó contra la velocidad hasta que consiguió introducirla en la pequeña obertura  y con movimientos firmes consiguió soltar el arnés.

El bucle era inminente. El arnés se aflojó por completo debido al impulso del giro. Roberto salió disparado del vagón. En el último momento se arrepintió de su acto. Pero ya era tarde. El suelo cada vez estaba más próximo. Aún tuvo un segundo para pensar en su compañero de viaje, “¿estaría haciéndole una foto?”, “No, tendrá en alta estima su teléfono como para arriesgarse a que salga volando”, “Debería haberme despedido de Chloe”, “Oigo que gritan, la gente está asustada”, “Mis sesos van a salpicar ese suelo impoluto”.

―Señor, señor. Venga que ya ha terminado el viaje. Está colapsando la atracción. ¿Se encuentra bien?

Roberto miró a la chica que le estaba zarandeando. Estaba vivo. No se había atrevido. Obviando los ojos confundidos y divertidos  del que había sido su compañero, abandonó su asiento: “Hoy no era buen día para morir”.

 

7 comments

  1. Muy bueno, Sadire 😉
    La ganzúa es elemento que preludia lo que va a pasar, pero lo describes con suficiente fuerza como para evitar quedar con la sensación esa de “ajá, ya lo sabía”, y lo del pasajero contiguo quizá haciendo fotos del accidente es un toque de humor negro muy majo, la verdad.
    Y el giro final, optando por la vida, vuelve a cambiar el paso al lector, así que aplaudo.

    Le gusta a 1 persona

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