Vidas ajenas

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Aburrida ya de la espera y con la vista cansada por la incesante lectura, Marisa alzó la vista de su libro y tras marcar la página doblando su esquina lo guardó en su bolso. Llevaba dos horas esperando a ser atendida y volvió a maldecir  a la seguridad social interiormente, soltando un bufido.  La sala de espera estaba a rebosar, y como si acabase de llegar miró a sus compañeros de fatiga.

Junto a ella había una señora de avanzada edad en silla de ruedas. Iba acompañada de una mujerona de caderas anchas y brazos fuertes. Por su acento intuyó que provenía de alguna ciudad del este. La mujerona no quitaba ojo a la viejecilla. Insistía en si tenía sed, si le abrigaba las piernas con una manoseada manta, si la acomodaba en su silla… A la vieja le lagrimeaban los ojos, unos ojos tristes de quien ya no espera nada. Por su forma de tratarse no cabía duda de que la mujerona trabajaba cuidando a la anciana. Sin embargo nadie podía saber que detrás de esos gestos amables la cuidadora había aguantado años de opresión, años de penurias hasta que logró huir de las calles. Nadie podía saber que la anciana estaba sola en el mundo, que vio morir a sus dos hijos, que las únicas caricias que recibía se las profesaba su asistenta rumana. A ella le dejaría sus pocas pertenencias.

Marisa posó sus ojos esta vez en el niño que no paraba de dar pataditas a su asiento. No le molestaba, comprendía que el pobre niño ya estaría desquiciado con la espera. A su lado estaba una chica muy joven, al principio creyó que sería su hermana. Cuando el niño la llamó mamá comprendió su verdadera relación. Se trataba de una chica de a lo sumo dieciocho años. Sus palabras para con el niño eran dulces y apaciguadoras. Nadie podía saber que la joven ya se cansó de los gritos, de las palabras mal sonantes. Ya no quería más ira en su vida. Ya no quería más golpes. Pero eso nadie lo sabía en aquella sala.

Frente a ella un hombre de mediana edad. Se le veía muy concentrado con su tablet. Por su ceño parecía estar trabajando. Cada dos por tres miraba su reloj y exhalaba un suspiro de impaciencia. Sonó su teléfono. Por sus palabras parecía dar órdenes, ¿trabajadores? Marisa no llegaba a oír bien la conversación. Nadie sabía tampoco que el hombre acababa de ser ascendido y al mismo tiempo abandonado por su mujer. Nadie sabía que pasaba las noches lloriqueando como un niño abrazado a una botella de ron.

Marisa volvió a mirar el reloj que colgaba en la pared frente a ella. El joven que había estado de pie junto a la puerta de la consulta durante todo el rato tosió. Sus botas con puntas reforzadas y su chaleco evidenciaban que venía de trabajar y que seguramente en cuanto terminase volvería a su puesto de trabajo. Respondía a mensajes de whatsapp a una velocidad alucinante. Sonreía. Se sonrojaba. Esperaba una respuesta. Volvía a sonreír y sus dedos tecleaban el teléfono. Nadie sabía que faltaban dos semanas para su boda. Nadie sabía que con quien hablaba no era su futura esposa. Nadie sabía que cada día después del trabajo visitaba a una muchacha extranjera. Una marroquí de dieciséis años que conoció por casualidad. Nadie sabía que cada día retiraba la tela que cubría su pelo y la llenaba de caricias.

-Marisa Gonzalez Escribano- gritó la enfermera que salió de la consulta- Ya puede pasar.

 

Imagen Flickr- Iñaki Grao

8 comments

  1. Gran observadora eres, querida, se ve detrás de tus letras.
    Me gusta el mensaje que transmite tu texto. Todos formamos parte de una enorme e invisible tela de araña donde se van sucediendo las vidas de unos y de otros, en alguna intersección de esos finísimos hilos coincidimos, pero no sabemos nada los unos de los otros, habiendo en cada interior un cúmulo de vivencias, de alegrías y tristezas.
    Hay algo reconfortante en el hecho de ver personas desconocidas e inventarles una vida.
    Me gustó muchísimo esta entrada fuera de la línea en la que suelo leerte siempre ( aunque la línea de siempre también me encanta, añado)
    🙂

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  2. Que sea verdad (objetiva) o no lo que Marisa está pensando que son las vidas de los otros en la sala es lo de menos. Lo importante es que la construcción que ha hecho ha sido suficiente para pasar el tedio. Y para entretenerme también a mí 🙂

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    1. Jajaja..pues sí, las salas de espera son muy aburridas. Muchas veces me descubro intuyendo vidas, cada vez menos, la verdad. Pero siempre me ha gustado observar como actuamos, como sonreímos, como respondemos ante los demás… Llámame loca…

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