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Los últimos pasos son los más solitarios

RAFAELA

Desde su cama podía ver los últimos rayos de sol. La habían colocado en posición fetal. Ladeada para facilitarle la respiración. La última auxiliar que había entrado para hacerle el cambio postural y evitar que se llagase todavía más había tenido la consideración de ladearla hacia la ventana. Sin embargo parecía que sólo fuese un amasijo sin vida de piel arrugada, un objeto y por eso la gente no se cortaba cuando hablaban cerca de ella.

Pobre Rafaela, ya no le queda mucho- oyó decir a la auxiliar de pelo largo.

Pues sí. ¿Nos vamos a almorzar?- contestó la corpulenta.

Y así llevaba desde hacía una semana. Sin poder moverse, sin poder hablar. Lo único que todavía sentía era su dificultosa respiración. Aire que le quemaba los pulmones, aire viciado que le confirmaba que ya casi estaba, casi había llegado al final de su existencia.

No podía quejarse, setenta y cinco años llenos de vivencias. Aunque esos últimos rayos de sol que podía notar entre las espesas cortinas de la habitación eran premonitorios. Ese sería su último día. Lo sabía, lo presentía. Siempre se ha dicho que cuando llega el momento ves pasar tu vida deprisa. Sus imágenes no eran veloces, casi podía tocarlas. Sintió frio, frio en el alma al comprobar que estaba sola. Sus últimos años podían resumirse como soledad total. Y lo peor es que sabía el motivo de tanta soledad. No había sido buena persona, por supuesto no había cometido ningún delito pero con su gente, con los suyos, nunca había sido suficientemente buena.

Sus hijos la odiaban, y ahora llegado el momento comprendía el porqué. Nunca había querido a nadie más que a ella misma. Nunca les había mostrado ni una pizca de amor más allá del políticamente correcto. No estuvo allí, no se interesó. En cuanto a su marido más de lo mismo. Lo quería al igual que a sus hijos  pero siempre desde su frialdad. Como si de esta manera se protegiese de futuras decepciones, futuros daños emocionales.

Y ahora podía sentir su frio, podía sentir lo que los demás sentían al estar a su lado. Lo comprendió todo. Comprendió su soledad ante su inminente muerte. Comprendió que nadie le susurraría palabras de despedida ni nadie acariciaría su mano. Quiso gritar, quiso pedir perdón, quiso derretir todo su hielo y convertirse en volcán aunque solo fuese por una vez. Pero lo único que consiguió fue quemarse por dentro mientras el iceberg que tenía por corazón se derretía mientras las gotas que derramaba apagaban la llama de su vida.

Imagen Flickr-Downtownstreets

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